Otra noche más en el camino a su casa. Esta vez embriagado por la
frescura nocturna, por los paneles de luces de colores, por las últimas
sensaciones de su encuentro con Maya. Era como si el tiempo se arrastrara entre
el presente y el futuro, con calma, sin prisa, y sin embargo, en claro
contraste, su interior bullía en un torbellino de emociones.
Disfrutaba de esa doble sensación de calma externa y energía interior,
de paso lento en su caminar y vivencia intensa de lo que le había ocurrido
aquella tarde. Sentía el influjo de la Tierra, en sí, en cada paso. Esa energía
lo remozaba y notaba que su efecto lo percibían las pocas personas con las que
se cruzaba.
Llegó. Todo estaba en silencio. Maquinalmente encendió su ordenador, que
se puso en marcha mientras se ponía una ropa cómoda.
Se sentó para abrir el correo y había un e-mail nuevo. Era de la gestora
de una página de Villa-Cisneros. ¡Qué alegría sintió! Le habían
contestado.
Mirando las fotos de la página de inicio, repasándolas, recordó, y sin
pensarlo dos veces se puso a escribir:
“¡Que recuerdos! Recuerdos de mi juventud, de cuando
era chico. Villa-Cisneros era una población blanquinosa en el borde del
desierto del Sahara, situada en una lengua de tierra parda de unos pocos
kilómetros de anchura paralela a la costa.
Acababa en la Punta de la Sarga. La ría, que se formaba
entre la lengua estrecha y la costa de África, era un pequeño entrante
muy especial debido a sus condiciones, que la habían convertido en un paraíso
marino.
Las playas de arena amarilla y fina se anidaban aquí y allá
en la costa acantilada, siempre enmarcadas por rocas porosas y abrasivas,
llenas de cangrejos y algas. Las aguas transparentes dejaban ver estrellas de
mar y algún caballito (estos más difíciles). El Sol, siempre radiante,
iluminaba el paisaje de una forma especial y el aire nítido y cálido se dejaba
respirar. Uno se sentía allí.
Pero lo mejor era la pesca. Con unos aparejos rudimentarios, artesanales; una tanza, unos anzuelos y unas poteras, nos pasábamos las mañanas. Era gratificante porque cada poco podíamos realizar una captura. Cuando nos cansábamos recorríamos la playa tratando de coger “bocas”, una especie de cangrejos que andaban de lado, para luego tomarlos al vapor. En fin, el domingo que íbamos a la playa era una delicia.
Pero lo mejor era la pesca. Con unos aparejos rudimentarios, artesanales; una tanza, unos anzuelos y unas poteras, nos pasábamos las mañanas. Era gratificante porque cada poco podíamos realizar una captura. Cuando nos cansábamos recorríamos la playa tratando de coger “bocas”, una especie de cangrejos que andaban de lado, para luego tomarlos al vapor. En fin, el domingo que íbamos a la playa era una delicia.
Entonces vivíamos juntos la familia. Mi familia. Una
familia peculiar. Mis padres con unos caracteres fuertes y, sin embargo,
afectuosos -o eso me parecía a mí- discutían a menudo. Tenía dos hermanos, mi
hermana y mí otro hermano, en ese orden.
Y además estaba Duna, una perra loba (antes existía ese
tipo de raza) Casi siempre iba con mi perra de aquí para allá, bien a pie o en
bici y no me aburría. Los chicos de mi edad éramos prácticamente todos amigos,
nos conocíamos del mismo instituto (no había otro) y nos encontrábamos en los
mismos sitios; en la piscina, en el pantalán, en el club o en el cine. No era
preciso quedar…”
De repente el Viajero dejó de escribir…
De repente el Viajero dejó de escribir…
Recuerdos, pensó. (El Viajero volvía a escurrir el tiempo con lentitud)
Recuerdos que imaginó que ya había idealizado, que vivirían para siempre
en él, y que hacían de aquella etapa de su vida una de las más hermosas en su
memoria.
Recuerdos de los que no quería desprenderse, porque sentía que lo
conformaban.
¿Qué quedaba de aquel chico que pescaba en las playas?
¿Quién era él?
Por un momento se sintió grávido de sí pero también lerdo. Y
comprendió, vio, que tenía que vivificar su pasado, regresar a él,
hacerlo presente para poder elevarse…
Era una sensación extraña pero sintió el tiempo. El tiempo como un eje
en sí. Y a la vez se sintió capaz, y con un deseo hondo y vivo, de
recorrerlo.
Percibió claramente que si lograba regresar podría crecer hasta el
infinito, en la eternidad.
Esa sensación intensísima lo dejó inmóvil unos instantes.
Y volvió al teclado.
Y con rapidez se fue vaciando en la pantalla.
Y sintió que vivía el tiempo, lo moldeaba, lo dominaba hasta el
extremo, plenamente.
Y no durmió.
El amanecer lo encontró tecleando en su ordenador, pálido, agotado, pero
resplandeciente…
Y
el Sol, uncido a su ciclo inevitable, sintió su luz.
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