La
tarde caía lentamente. El sol tumbaba su luz acariciando el paisaje con
suavidad. El Viajero caminaba sintiéndose como se había experimentado
recientemente, confiado en su intuición. Cada paso dejaba una ligera huella que
se borraba casi inmediatamente.
Su
experiencia de la feminidad había sido gratificante, pensaba… pero aún más,
creía que ya no podría abandonar en ningún lugar aquella sensación, que la
llevaría en él. Y se congratulaba con la idea de poder revivirla en
determinados momentos propicios.
Como
le ocurría últimamente, sentía en sí la fuente de una nueva sensación de
felicidad y estaba atento a su entorno, permanecía como una parte de él y sus
pasos se dirigían hacia poniente.
Tras
culminar una pequeña loma, se sorprendió. Miraba atentamente aquello que
aparecía antes sus ojos, algo que no encajaba en sus previsiones, hasta el
punto de que lo sacó de su aparente ensimismamiento y procedió a valorarlo: se
preguntaba que significaba semejante muro sólido frente a él, a pocos metros.
Era
un muro alto y además largo, largo todo lo que alcanzaba su vista a derecha e
izquierda. Aparentemente no había ninguna apertura en él y era imposible
escalarlo. Se sentó mientras seguía atardeciendo. El sol, que ya se podía
mirar, parecía sonreírle… con ese tipo de sonrisas apacibles, del que confía en
que todo se puede solucionar.
Sin
embargo él no entendía por qué el sol sonreía así. No lo entendía. Con un
esfuerzo de voluntad recupero su fe en su intuición y decidido retomó la marcha
dirigiéndose hacia el fantástico muro.
Conforme
se aproximaba lo veía más imponente y
más sólido. Ya en sus inmediaciones exploro a derecha e izquierda con la
intención de encontrar algún resquicio a su impenetrabilidad. Pero nada… nada
en absoluto indicaba que aquello pudiera salvarse para continuar su camino.
Y
el hecho es que algo le impulsaba a seguir en aquella dirección, hacia el sol
que seguía enrojeciendo y descendiendo en el horizonte mientras el cielo
oscurecía.
Se
sentó frente al muro, estuvo así unos minutos tratando de serenarse y de
reconciliarse consigo mismo y con su entorno, ¡y con el muro! El muro también
era él ¿Por qué no? Esa sensación era
tan fuerte que le provocaba temblor.
Sin
saber por qué extendió los brazos, tocó el muro y de inmediato se abrió una
puerta. ¡Una puerta! Sorprendido retiró las manos y la puerta se cerró. Curioso
con este fenómeno volvió a tocar las piedras apiladas y encajadas y volvió a
aparecer la puerta.
Miró
al otro lado de la puerta… La tarde ya no era tan avanzada, se percibía una
nueva luminosidad que envolvía el mismo tipo de paisaje; un paisaje que le
resultaba familiar pero a la vez, en algo que no podía definir, distinto.
Aun
tardó un rato en levantarse y caminar hasta otro punto del muro para repetir
allí la misma operación con el mismo resultado: la puerta.
La
noche se adueñaba poco a poco de cada horizonte, acercándose por su espalda
veloz, una vez que el sol terminó de ocultarse totalmente. Frente a él el rojo
del atardecer, a su espalda la noche que prometía ser plateada, como la
anterior.
En
este momento crepuscular tocó el muro, se abrió de nuevo una puerta y decidido
la traspasó. Sintió una angustia profunda, como si hubiera dado un gran paso y
una duda intensa le embargo al instante.
Se
volvió y miró la puerta que se cerraba tras su paso. Sereno volvió a tocar el
muro pero nada ni nadie respondió a su gesto; todo permaneció inmóvil, incluso
en silencio.
El
Viajero percibió con toda intensidad este momento. Se abrumó por el paso dado y
volvía insistentemente a presionar sobre el muro en uno y en otro lugar, sin
que este le respondiera.
Comprendió
que había entrado en otro lugar,
Que
había dado un paso sin retorno,
Que
había entrado en el Laberinto.
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