miércoles, 18 de mayo de 2016

4 - El Laberinto

La tarde caía lentamente. El sol tumbaba su luz acariciando el paisaje con suavidad. El Viajero caminaba sintiéndose como se había experimentado recientemente, confiado en su intuición. Cada paso dejaba una ligera huella que se borraba casi inmediatamente.
 
Su experiencia de la feminidad había sido gratificante, pensaba… pero aún más, creía que ya no podría abandonar en ningún lugar aquella sensación, que la llevaría en él. Y se congratulaba con la idea de poder revivirla en determinados momentos propicios.
 
Como le ocurría últimamente, sentía en sí la fuente de una nueva sensación de felicidad y estaba atento a su entorno, permanecía como una parte de él y sus pasos se dirigían hacia poniente.
 
Tras culminar una pequeña loma, se sorprendió. Miraba atentamente aquello que aparecía antes sus ojos, algo que no encajaba en sus previsiones, hasta el punto de que lo sacó de su aparente ensimismamiento y procedió a valorarlo: se preguntaba que significaba semejante muro sólido frente a él, a pocos metros.
 
Era un muro alto y además largo, largo todo lo que alcanzaba su vista a derecha e izquierda. Aparentemente no había ninguna apertura en él y era imposible escalarlo. Se sentó mientras seguía atardeciendo. El sol, que ya se podía mirar, parecía sonreírle… con ese tipo de sonrisas apacibles, del que confía en que todo se puede solucionar.
 
Sin embargo él no entendía por qué el sol sonreía así. No lo entendía. Con un esfuerzo de voluntad recupero su fe en su intuición y decidido retomó la marcha dirigiéndose hacia el fantástico muro.
 
Conforme se aproximaba lo veía más  imponente y más sólido. Ya en sus inmediaciones exploro a derecha e izquierda con la intención de encontrar algún resquicio a su impenetrabilidad. Pero nada… nada en absoluto indicaba que aquello pudiera salvarse para continuar su camino.
 
Y el hecho es que algo le impulsaba a seguir en aquella dirección, hacia el sol que seguía enrojeciendo y descendiendo en el horizonte mientras el cielo oscurecía.
 
Se sentó frente al muro, estuvo así unos minutos tratando de serenarse y de reconciliarse consigo mismo y con su entorno, ¡y con el muro! El muro también era él  ¿Por qué no? Esa sensación era tan fuerte que le provocaba temblor.
 
Sin saber por qué extendió los brazos, tocó el muro y de inmediato se abrió una puerta. ¡Una puerta! Sorprendido retiró las manos y la puerta se cerró. Curioso con este fenómeno volvió a tocar las piedras apiladas y encajadas y volvió a aparecer la puerta.
 
Miró al otro lado de la puerta… La tarde ya no era tan avanzada, se percibía una nueva luminosidad que envolvía el mismo tipo de paisaje; un paisaje que le resultaba familiar pero a la vez, en algo que no podía definir, distinto.
 
Aun tardó un rato en levantarse y caminar hasta otro punto del muro para repetir allí la misma operación con el mismo resultado: la puerta.
 
La noche se adueñaba poco a poco de cada horizonte, acercándose por su espalda veloz, una vez que el sol terminó de ocultarse totalmente. Frente a él el rojo del atardecer, a su espalda la noche que prometía ser plateada, como la anterior.
 
En este momento crepuscular tocó el muro, se abrió de nuevo una puerta y decidido la traspasó. Sintió una angustia profunda, como si hubiera dado un gran paso y una duda intensa le embargo al instante.
 
Se volvió y miró la puerta que se cerraba tras su paso. Sereno volvió a tocar el muro pero nada ni nadie respondió a su gesto; todo permaneció inmóvil, incluso en silencio.
 
El Viajero percibió con toda intensidad este momento. Se abrumó por el paso dado y volvía insistentemente a presionar sobre el muro en uno y en otro lugar, sin que este le respondiera.
 
Comprendió que había entrado en otro lugar,
Que había dado un paso sin retorno,
Que había entrado en el Laberinto.
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