El mes de septiembre iniciaba su declive
abriendo las puertas al cambio de estación. El otoño comenzaba a ser evidente
en la frescura del ambiente, en los colores rojizos y pardos, en el sonido del
viento suave, en el olor a hoja caída... todo lo envolvía y lo impregnaba.
El Viajero trotaba absorto por un pequeño
parquecillo. Los caminos eran duros, con cuestas cortas pero pronunciadas. El
trote se había vuelto cuasi automático; sentía a tono el organismo, lo que le
permitía dejar en blanco su mente.
Se encontraba en ese estado de medio
meditación en movimiento. Miraba a lo lejos, unos cuantos metros.
En un banco había una pareja. Sus abrazos,
risas y expresiones decían claramente que vivían un momento de atracción, de
deseo.
La Vida disfrutaba en ellos y
realizaba su propio interés.
El Viajero se fue aproximando. La escena se
hizo de repente especial:
Eran dos idiotas.
Y el Viajero se vio en ellos.
Comprendió que eran su misma esencia.
Y surgió la pregunta:
Siendo la misma esencia ¿Cómo se
manifestaba así?
Era como si no pudiera salir plenamente a
la luz,
Interferida, no mostrada;
Recogida en aquellas dos personas.
Pero... ¿Y si era un problema básicamente
de su propia percepción?
¿Y si su ausencia era sólo una
apariencia, tanto hacia el exterior como hacia el yo de los idiotas?
El Viajero aceleró el paso...
Se le aceleró el corazón,
Se le aceleró el pensamiento,
Y comprendió...
Él también era Idiota.
Tampoco dejaba traslucir toda la Esencia.
Y se deseó ser Diamante.
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