La
lluvia fina atenuaba el paisaje urbano por el que caminaba el Viajero, lo
difuminaba y lo envolvía en un celofán de humedad.
Pensaba
en la forma tenue en que la vida transcurre… casi en silencio, como aquella
lluvia.
De
su flujo oscilante, del subconsciente al consciente, del uso inadvertido de la
vida, al disfrute de su consciencia.
Salvo
en ocasiones. Algunas veces, cuando avisa que se va o que se puede ir, nos
alerta intensamente de su presencia.
Y
recordó a la mujer que aquella mañana se había parado en el kiosco, en el que
leía las letras grandes de la prensa. Hablaba con su amiga de que se
encontraba mal.
Y
que iba a ir al médico aquella misma tarde. El
médico… pensó.
Las
personas si se encuentran mal… ¡abandonan!
No
intentan su propia curación natural.
Les
entra el miedo.
Y
en lugar de concienciarse de que tienen que recuperarse o restablecer su
equilibrio, deciden que “otro” lo solucione. Les transfieren a otro esa
responsabilidad.
Y
van al médico.
Y
le cuentan los síntomas.
Y
toman sus pastillas.
Siguió
su camino, ahora con la sensación de que había una nueva luz. Aprovecho que
entraba en una cafetería para sacar de su mochila la libreta y apuntó la idea:
La
salud depende en gran parte del equilibrio somático, emocional y mental.
La
primera actuación es hacerse consciente de eso.
La
segunda mirar el flujo de la vida.
La
tercera hablarle.
Luego
cuidarla.
Y
finalmente reequilibrarse.
Y…
si no, al médico.
Luego recordó
a su compañero que había recibido una sesión de quimio aquella misma tarde.
Y…
si no, al médico, pensó.
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