miércoles, 18 de mayo de 2016

7 - La Desconexión

La barra del metro estaba caliente. El Viajero cayó ensimismado en sus pensamientos y dejó de mirar. Sabía que en dos paradas tendría que volver a la superficie, caminar durante unos minutos e incorporarse a su lugar de trabajo.
 
Seguía perplejo y confuso. Su ánimo ya no era aquel que se expandía sobre la vegetación virgen, ni el que le hacía dar saltos, ni el que lo conectaba a todo lo que le rodeaba, ya no. La alegría había dado paso a la melancolía.
 
Todo volvía a ser lo de siempre y esa sensación, ahora, le parecía insoportable.
 
El metro paró por segunda vez y el Viajero se incorporó a la corriente de personas que salían al andén y se dirigió a las escaleras mecánicas. No veía nada, seguía absorto, entre la gente.
 
Salió a la superficie, la mañana era gris y hacía calor. Intentó animarse. Se decía que lograría sentirse otra vez bien, que se sumergiría en el trabajo, que los compañeros lograrían distraerlo.
 
Pensó… tenía hoy también un bonito día por delante. Debía aprovecharlo, disfrutarlo en todos sus momentos y en todos sus matices. Sonriente ya, entró en el edificio donde los saludos comenzaron a cruzarse entre unos y otros.
 
Pasó toda la jornada embebido en los asuntos del trabajo, hablando con sus compañeros, gestionando sus papeles y, de vez en cuando, compartiendo un momento más informal, incluso alguno alegre.
 
Y llegó la tarde,
Y volvió sobre sus pasos,
Y bajo al metro,
Y volvió a la superficie cerca del parque de su ciudad.
 
Aún había luz de tarde. Se dirigió a un pub, que le cogía de paso, donde habitualmente se tomaba una cerveza.
 
Conforme se acercaba se reflejaba su imagen en los cristales oscuros. Se retocó el pelo, se ajustó la corbata y se causó una buena impresión. Los zapatos le brillaban y los ojos también. Se vio delgado y bien proporcionado y cuando caminaba lo hacía con cierto porte, pensó. Una media sonrisa se dibujó en su cara y el rostro se le iluminó.
 
Definitivamente se sentía bien. Decidido, entró en el pub.
 
Sus ojos se acostumbraron rápidamente al cambio de luz. La barra se alargaba hacia la profundidad del local que ofrecía un aspecto cuidado de estilo inglés. El ambiente era acogedor y apenas se oía el rumor de las conversaciones; la amplitud del local y su buena insonorización, su iluminación indirecta y tenue, mezclada con la natural que aún entraba y los colores de la madera y del cuero, proporcionaban una grata y acogedora sensación. No estaba muy concurrido, pensó, y se dirigió a uno de los banquetes de la barra.
 
Una vez sentado el camarero lo atendió amablemente. El Viajero se encontraba bien. El trabajo había resultado gratificante y la sensación de relax y de tranquilidad venía a acomodar su ánimo. Se relajó con el contacto fresco y amargo del primer sorbo de cerveza y llegó a entornar los ojos.
 
Y se sintió bien.
 
Sí, de nuevo se sintió bien. Su mano recorría su cabeza desde la frente a la nuca, abrió los ojos y alzó la mirada.
 
Por un momento se quedó inmóvil. A unos metros, sentada en una de las mesas, una mujer lo miraba insistentemente; era preciosa, pensó. Las miradas se cruzaron. Aquella intensidad parecía capaz de detener el tiempo. En ese instante se sintió turbado.
 
La mirada del Viajero salto de los ojos al pelo castaño, brillante y cuidado; del pelo a sus labios y de estos a un escote amplio de un vestido lleno de colores suaves, que se sujetaba a sus hombros con dos tirantes finos y que dejaba ver el nacimiento de su pecho. Se ceñía a su cintura para abrirse en una falda con vuelo que ocultaba unas piernas más bien largas y, por lo que se podía ver, muy bonitas. Unos zapatos a tono, con un ligero tacón, fueron el final del recorrido de su mirada.
 
Cuando volvió a sus ojos, marrones claros, todavía le miraban, impasibles a su labor de observación. La luz de aquel sitio ofrecía de aquella mujer una imagen casi de estudio fotográfico.
 
Y le encantó.
 
Sin saber cómo, impulsado por la fuerza de su recuperado ánimo, se acercó con la copa de cerveza en la mano dispuesto a quedarse en aquella mesa. Su paso y su gesto seguro indicaban que no había tomado en consideración la posibilidad de volver a la banqueta de la barra.
 
Ofreciendo una suave sonrisa, esmerándose en el tono de su voz, mirando directamente a los ojos de la mujer, sin titubear le pidió permiso para poder acompañarla, si no esperaba a nadie y si no le parecía mal.
 
La mujer lo miraba… fueron unos momentos tremendos. Se sintió paralizado. Con su voz agradable le contestó que por su parte estaba encantada, que tampoco iba a lograr que volviera a su banqueta. Y le ofreció sitio para que se sentase en la mesa.
 
El Viajero le dijo su nombre y la mujer le dijo que se llamaba Maya, a la vez que le ofrecía una amplia y bonita sonrisa. Al momento inició con suavidad un movimiento para cambiar a una postura más acorde con la nueva situación, que fuera más próxima y sugerente.
 
Y de nuevo la mirada.
 
Recordó la del metro de aquella mañana. También esta era cálida. Ofrecía reposo y atraía pero no eran iguales.
 
Y se quedó.
 
Cuando volvía a su casa repasó su día, hizo balance, se sintió ilusionado por su encuentro con Maya. Había olvidado por unas horas su experiencia de Viajero y no le importó.
 
Las luces de la noche en la ciudad hablaban el lenguaje del color. Los anuncios se encendían y apagaban rítmicamente, reclamando la atención del Viajero.
 
Caminaba ligero y se sumergió plenamente.
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