La
barra del metro estaba caliente. El Viajero cayó ensimismado en sus
pensamientos y dejó de mirar. Sabía
que en dos paradas tendría que volver a la superficie, caminar durante unos
minutos e incorporarse a su lugar de trabajo.
Seguía
perplejo y confuso. Su ánimo ya no era aquel que se expandía sobre la
vegetación virgen, ni el que le hacía dar saltos, ni el que lo conectaba a todo
lo que le rodeaba, ya no. La alegría había dado paso a la melancolía.
Todo
volvía a ser lo de siempre y esa sensación, ahora, le parecía insoportable.
El
metro paró por segunda vez y el Viajero se incorporó a la corriente de personas
que salían al andén y se dirigió a las escaleras mecánicas. No veía nada,
seguía absorto, entre la gente.
Salió
a la superficie, la mañana era gris y hacía calor. Intentó animarse. Se decía que
lograría sentirse otra vez bien, que se sumergiría en el trabajo, que los
compañeros lograrían distraerlo.
Pensó…
tenía hoy también un bonito día por delante. Debía aprovecharlo, disfrutarlo en
todos sus momentos y en todos sus matices. Sonriente ya, entró en el edificio
donde los saludos comenzaron a cruzarse entre unos y otros.
Pasó
toda la jornada embebido en los asuntos del trabajo, hablando con sus
compañeros, gestionando sus papeles y, de vez en cuando, compartiendo un
momento más informal, incluso alguno alegre.
Y llegó la tarde,
Y
volvió sobre sus pasos,
Y
bajo al metro,
Y
volvió a la superficie cerca del parque de su ciudad.
Aún
había luz de tarde. Se dirigió a un pub, que le cogía de paso, donde
habitualmente se tomaba una cerveza.
Conforme
se acercaba se reflejaba su imagen en los cristales oscuros. Se retocó el pelo,
se ajustó la corbata y se causó una buena impresión. Los zapatos le brillaban y
los ojos también. Se vio delgado y bien proporcionado y cuando caminaba lo
hacía con cierto porte, pensó. Una media sonrisa se dibujó en su cara y el
rostro se le iluminó.
Definitivamente
se sentía bien. Decidido, entró en el pub.
Sus
ojos se acostumbraron rápidamente al cambio de luz. La barra se alargaba hacia
la profundidad del local que ofrecía un aspecto cuidado de estilo inglés. El
ambiente era acogedor y apenas se oía el rumor de las conversaciones; la
amplitud del local y su buena insonorización, su iluminación indirecta y tenue,
mezclada con la natural que aún entraba y los colores de la madera y del cuero,
proporcionaban una grata y acogedora sensación. No estaba muy concurrido, pensó,
y se dirigió a uno de los banquetes de la barra.
Una
vez sentado el camarero lo atendió amablemente. El Viajero se encontraba bien.
El trabajo había resultado gratificante y la sensación de relax y de
tranquilidad venía a acomodar su ánimo. Se relajó con el contacto fresco y
amargo del primer sorbo de cerveza y llegó a entornar los ojos.
Y
se sintió bien.
Sí,
de nuevo se sintió bien. Su mano recorría su cabeza desde la frente a la nuca,
abrió los ojos y alzó la mirada.
Por
un momento se quedó inmóvil. A unos metros, sentada en una de las mesas, una
mujer lo miraba insistentemente; era preciosa, pensó. Las miradas se cruzaron.
Aquella intensidad parecía capaz de detener el tiempo. En ese instante se sintió
turbado.
La
mirada del Viajero salto de los ojos al pelo castaño, brillante y cuidado; del
pelo a sus labios y de estos a un escote amplio de un vestido lleno de colores
suaves, que se sujetaba a sus hombros con dos tirantes finos y que dejaba ver
el nacimiento de su pecho. Se ceñía a su cintura para abrirse en una falda con
vuelo que ocultaba unas piernas más bien largas y, por lo que se podía ver, muy
bonitas. Unos zapatos a tono, con un ligero tacón, fueron el final del
recorrido de su mirada.
Cuando
volvió a sus ojos, marrones claros, todavía le miraban, impasibles a su labor
de observación. La luz de aquel sitio ofrecía de aquella mujer una imagen casi
de estudio fotográfico.
Y
le encantó.
Sin
saber cómo, impulsado por la fuerza de su recuperado ánimo, se acercó con la
copa de cerveza en la mano dispuesto a quedarse en aquella mesa. Su paso y su
gesto seguro indicaban que no había tomado en consideración la posibilidad de
volver a la banqueta de la barra.
Ofreciendo una suave sonrisa, esmerándose en
el tono de su voz, mirando directamente a los ojos de la mujer, sin titubear le
pidió permiso para poder acompañarla, si no esperaba a nadie y si no le parecía
mal.
La
mujer lo miraba… fueron unos momentos tremendos. Se sintió paralizado. Con su
voz agradable le contestó que por su parte estaba encantada, que tampoco iba a
lograr que volviera a su banqueta. Y le ofreció sitio para que se sentase en la
mesa.
El
Viajero le dijo su nombre y la mujer le dijo que se llamaba Maya, a la vez que
le ofrecía una amplia y bonita sonrisa. Al momento inició con suavidad un
movimiento para cambiar a una postura más acorde con la nueva situación, que
fuera más próxima y sugerente.
Y
de nuevo la mirada.
Recordó
la del metro de aquella mañana. También esta era cálida. Ofrecía reposo y
atraía pero no eran iguales.
Y
se quedó.
Cuando
volvía a su casa repasó su día, hizo balance, se sintió ilusionado por su
encuentro con Maya. Había olvidado por unas horas su experiencia de Viajero y
no le importó.
Las
luces de la noche en la ciudad hablaban el lenguaje del color. Los anuncios se
encendían y apagaban rítmicamente, reclamando la atención del Viajero.
Caminaba
ligero y se sumergió plenamente.
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