Luna
en la ciudad.
Invierno
benévolo.
Ambiente
amable, algo fresco.
Luces
de la noche.
El
Viajero se había subido a un bus urbano. No había casi nadie, era principio de
trayecto, así que escogió un asiento alto, a mitad y de cara a la puerta de
entrada.
La
hora hablaba de las personas que subían al bus.
Mujeres
y hombres.
Más
jóvenes y menos.
Pero
todos tenían algo en común.
Terminaban
su trabajo.
Reflejaban
su cansancio.
Sus
rasgos expresaban el poco cuidado que habían dedicado a sí mismos.
Su
forma de vestir, era la recopilación de las tiendas baratas de barrio.
Sus
charlas en voz alta, de dos en dos o en pequeños grupos, hablaban de las
últimas vicisitudes en el trabajo.
Cosas
que definían sus estatus laborales y sociales.
Hablaban
de dos cosas: El poder de los encargados (y encargadas), y las disputas entre compañeras
de labor.
Dos
niveles.
No
había más para ellas.
El
Viajero giró la vista y se vio reflejado en el cristal.
Se
sintió por fuera como ellos.
Anodino.
Y
dio gracias.
Y
envolvió aquellas personas en la emoción.
En
sí.
Acogiéndolas.
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