Aquel
lunes se le estaba haciendo especialmente pesado al Viajero. Su relación con
el trabajo había dado un giro
importante. No se puede decir que no fuera esperado de algún modo, pero no lo
acababa de asumir.
Desde
fuera parecía un “progreso” en su trayectoria profesional, pero una voz le
decía que no todo era tan halagüeño y la inquietud alteraba su interior. La
idea de “jaula de oro” venía una y otra vez a su mente y no lograba librarse de
ella, a pesar de los esfuerzos por racionalizar y dibujar un panorama amplio de
la situación.
Aquella
mañana se tomó un descanso un poco más largo de lo habitual. Se acercó a una
cafetería que le agradaba especialmente. El ambiente en aquella hora de la
mañana le divertía. Las personas concurrían de diferentes lugares y en conjunto
dominaba el grupo de los profesionales.
El
Viajero se fijó en una señora que rondaría los cuarenta, delgada, no muy alta,
que articulaba unas maneras refinadas. Sus zapatos de piel africana manchada,
sus medias, entre negras y grises sin ser totalmente transparentes, servían
para cubrir un corto trozo de sus piernas que se perdían en unos pantalones
“tejanos” con vueltas, en las que se veía bordada la marca de la casa, en una
leyenda diagonal. Ese era el detalle más llamativo que la hacía diferente,
porque, por lo demás, un suéter negro ceñido y una trenca
en tonos beis claros servían para envolver su figura, que se remataba con un
peinado clásico, de un rubio clásico, con las vueltas de moda en sus puntas. Su
sonrisa indicaba que su encanto iba más allá de lo normal pero, también, que en
aquel ambiente no podía manifestarse por completo. Ver cómo se desplazaba por
el local era un verdadero placer. Su mirada jamás se cruzó de forma franca con
la del Viajero pero los dos sabían que ambos estaban allí.
El
Viajero estaba sentado justo en la cristalera que daba al andador de la zona
peatonal. Se centró en su lectura. Se había llevado un libro que le resultaba
interesante, pero a la vez denso. De vez en cuando paraba y repasaba el sentido
que tenía todo aquello que leía.
En
uno de esos momentos miraba por la cristalera amplia; venía un perro magnífico,
hermoso. Ni siquiera se fijó en su dueña que tiraba levemente de él. Le miro a
los ojos con intensidad, con el deseo de que el perro se integrara en su
mirada. El perro avanzaba a buen paso, lo miro…
El
Viajero intentó por todos los medios ampliar ese momento, ensancharlo, hacer
que el presente se dilatara hasta el extremo, así que siguió con la mirada los
ojos del perro. Pero este sobrepasó su línea de relación y volvió su cabeza al
frente, atento a su presente, sujeto a su presente, a su breve presente; en su
propia “jaula de tiempo”.
Se dio cuenta de que él había desapareció de su presente.
Pero
le siguió con la mirada. El perro magnífico seguía presente para él.
Su “momento” se amplió y mezcló el presente y el pasado del perro que seguía su
marcha, ya ajeno, ya en “otro momento”.
Y
se rompió el instante.
Y
el Viajero volvió al ruido de la cafetería.
Y
sacó su libreta amarilla, donde tomaba notas.
Y
escribió:
“Ampliar
la consciencia y hacer ejercicios para ampliar el momento presente dilatarlo.
¿Todo
puede ser presente?
¿Qué
es el presente?
¿Cuánto
dura el presente?”
Sintió
como su “jaula de oro” se ampliaba.
Fue
un resplandor breve, pero intenso.
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