miércoles, 18 de mayo de 2016

8 – El Peso del Pasado

El Viajero entró en su casa. Volvía por primera vez a aquel entorno después de su extraordinaria experiencia personal. Dio un vistazo lento a la habitación: todo lo que formaba parte de él, pensó.
 
Y sin querer comenzó un repaso a su vida, a golpes, a imágenes. Cada cosa que miraba condensaba un episodio, un acontecimiento, un momento relevante de una etapa más o menos larga.
 
Miraba; había cosas, recuerdos… las demás, sin tener ese carácter tenían el mismo efecto: el recuerdo.
 
El recuerdo, girar la vista al pasado. Lo sentía especialmente intenso. Era como si cada una le contara una parte de su propia historia, aquellas que se habían quedado en él, las que lo constituía como el Viajero.
 
Y sintió que era engullido por su propio pasado.
 
Se percibió, y pensó que había crecido, pero sintió que pesaba. Allí había mucha vivencia: las fotos, los diferentes objetos, los libros…
 
Sus libros. Su vida a través de sus libros.
 
Prácticamente todos estaban dedicados al conocimiento y no al divertimiento. ¿Predominio de la formación traída de afuera sobre el propio crecimiento? Sí, quizás. Formación moldeadora, basada en la autoridad de “otros”, pero también crecimiento, lucha por comprender, por armonizar, por deslindar, por sintetizar.
 
Se sintió confortable en su casa; había vuelto, pensó. Una chispa de ilusión por retomar todos aquellos temas le produjo un pequeño escalofrío. Sintió un impulso a centrarse y a seguir con ellos. De nuevo le volvían a parecer interesantes.
 
Relajado por aquella reflexión, se dispuso a dormir, pero antes se encaminó a encender el ordenador. Quería mirar a ver si había recibido algún correo. Abrió su ventana. Había algunas personas que aún estaban conectadas pero no cambió su estado. Solo quería ver si había algún e-mail.
 
Y sí, Maya había tenido tiempo de enviarle un e-mail.
 
Volvió a revivir aquellos bonitos momentos, su voz, su mirada, su pelo, sus pies ¡tan bien cuidados! y los gestos de sus manos. Era breve pero halagador, envolvente, aquel e-mail. Se dio cuenta de que se le dibujaba una sonrisa y sintió otra vez un escalofrío.
 
Sí, había vuelto.
Y deseó volver a ver a Maya.
Y saber de su piel.
Y rozar sus labios.
Y conseguir su abrazo.
Y mirarla espléndida.
 
Se acostó. Al poco sintió que se dormía.
---