El
Viajero repasaba las inscripciones en el Monolito gris, buscando entre aquellos
nombres el que más significaba para él; el de su tierra.
En
ese estado de ansiedad ante la búsqueda sintió como su propio corazón comenzaba
a resonar y a emitir un sonido bajo y grave, pero creciente, a la vez que se
producía una atracción hacia uno de los grupos. Sentía como se iba reforzando
su propia emoción.
Y
en ese momento encontró el “nombre de su tierra”.
Lo leyó pensando las sílabas,
lentamente.
Y percibió la llamada del grupo que resonaba en su mismo tono.
Después
de meditar un instante, comprendió que no debía ceder ante aquella inclinación,
por más que sintiera que la atracción era cada vez mayor.
Decidió
caminar alejándose del Monolito gris perfecto mientras los corazones seguían
resonando, emitiendo ese fuerte sonido.
Conforme
se alejaba, cada uno de los sonidos se sumaba al de los demás corazones,
mezclándose, y dando lugar a uno nuevo, cada vez más limpio.
El
corazón del Viajero iba resonando en el tono de la suma y fue alcanzando un
intenso sentimiento de armonía entre la Tierra y él mismo.
Fue
sintiendo la paz de pertenecer.
Y
de ser diferente.
Era
parte de la Tierra y, a la vez, consciente de sí.
Meditaba
sobre lo que había visto… y pensó:
Frente
a la división, la unión.
Frente
a la crispación, la amabilidad.
Frente
a la agresividad, la paz.
Frente
a la destrucción, la conservación.
Frente
a la tensión entre las tierras, la armonía entre los hombres y la Tierra.
Conforme
caminaba y se alejaba de aquellas formas de sentir le inundó una paz superior.
Y
comprendió la intensidad del sentimiento hacia la propia tierra que movía
muchos de los actos de sus semejantes. Y la fuerza de su “propio nombre”.
Mientras se
alejaba, se amortiguaba el sonido y el resonar apacible de su corazón se
acallaba. Caminó durante un rato absorto en sus propias sensaciones y en el
disfrute de su estado de beatitud.
Al
poco, volvió un suave clamor de los cencerros. Tomó la dirección del sonido.
Caminó hasta subir a un pequeño montículo desde donde divisó otros grupos de
personas con aquellas mismas actitudes.
Eran
muchos y aparentemente era intensísima la agitación que los movía. Intentó ver
si también había algún tipo de monolito, y sí, allá estaba. Parecía el eje
de toda aquella energía que envolvía aquellos grupos de personas. Sintió
curiosidad por saber qué significado tendría aquel otro monolito y se dirigió
hacia él a buen paso.
Ya
caminaba entre la gente hacia el foco que irradiaba aquel fuerte sentimiento,
que provocaba aquellas resonancias y agitaba tantos corazones, cuando, sobre una
pequeña elevación, vio el otro monolito.
Una
sola palabra en su parte superior irradiaba.
Su grabado profundo atravesaba el monolito prismático y flotaba en su interior.
Cambiaba de forma, de escritura, a muchísima velocidad. Y parecía ilegible.
Una
luminosidad le envolvió,
Y
el Viajero se sintió clarividente.
Y
leyó el Nombre de Dios.
Y
no podía apartar la mirada de Su Nombre.
---