miércoles, 18 de mayo de 2016

18 - Su Nombre.

El Viajero repasaba las inscripciones en el Monolito gris, buscando entre aquellos nombres el que más significaba para él; el de su tierra.
 
En ese estado de ansiedad ante la búsqueda sintió como su propio corazón comenzaba a resonar y a emitir un sonido bajo y grave, pero creciente, a la vez que se producía una atracción hacia uno de los grupos. Sentía como se iba reforzando su propia emoción.
 
Y en ese momento encontró el “nombre de su tierra”.
Lo leyó pensando las sílabas, lentamente.
Y percibió la llamada del grupo que resonaba en su mismo tono.
 
Después de meditar un instante, comprendió que no debía ceder ante aquella inclinación, por más que sintiera que la atracción era cada vez mayor.
 
Decidió caminar alejándose del Monolito gris perfecto mientras los corazones seguían resonando, emitiendo ese fuerte sonido.
 
Conforme se alejaba, cada uno de los sonidos se sumaba al de los demás corazones, mezclándose, y dando lugar a uno nuevo, cada vez más limpio.
 
El corazón del Viajero iba resonando en el tono de la suma y fue alcanzando un intenso sentimiento de armonía entre la Tierra y él mismo.
 
Fue sintiendo la paz de pertenecer.
Y de ser diferente.
Era parte de la Tierra y, a la vez, consciente de sí.
Meditaba sobre lo que había visto… y pensó:
 
Frente a la división, la unión.
Frente a la crispación, la amabilidad.
Frente a la agresividad, la paz.
Frente a la destrucción, la conservación.
Frente a la tensión entre las tierras, la armonía entre los hombres y la Tierra.
 
Conforme caminaba y se alejaba de aquellas formas de sentir le inundó una paz superior.
 
Y comprendió la intensidad del sentimiento hacia la propia tierra que movía muchos de los actos de sus semejantes. Y la fuerza de su “propio nombre”.
 
Mientras se alejaba, se amortiguaba el sonido y el resonar apacible de su corazón se acallaba. Caminó durante un rato absorto en sus propias sensaciones y en el disfrute de su estado de beatitud.
 
Al poco, volvió un suave clamor de los cencerros. Tomó la dirección del sonido. Caminó hasta subir a un pequeño montículo desde donde divisó otros grupos de personas con aquellas mismas actitudes.
 
Eran muchos y aparentemente era intensísima la agitación que los movía. Intentó ver si también había algún tipo de monolito, y sí, allá estaba. Parecía el eje de toda aquella energía que envolvía aquellos grupos de personas. Sintió curiosidad por saber qué significado tendría aquel otro monolito y se dirigió hacia él a buen paso.
 
Ya caminaba entre la gente hacia el foco que irradiaba aquel fuerte sentimiento, que provocaba aquellas resonancias y agitaba tantos corazones, cuando, sobre una pequeña elevación, vio el otro monolito.
 
Una sola palabra en su parte superior irradiaba.
 
Su grabado profundo atravesaba el monolito prismático y flotaba en su interior. Cambiaba de forma, de escritura, a muchísima velocidad. Y parecía ilegible.
 
Una luminosidad le envolvió,
Y el Viajero se sintió clarividente.
Y leyó el Nombre de Dios.
Y no podía apartar la mirada de Su Nombre.
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