miércoles, 18 de mayo de 2016

9 - El Hechizo

Aquella tarde, por fin, había quedado con Maya. El Viajero se acercó a su armario para elegir que se quería poner. Manejó algunas posibilidades y combinaciones clásicas, trajes o chaquetas. Miraba las corbatas que tenía mientras pensaba cuál de ellas podría causar una mejor impresión y cuál combinaba bien con la chaqueta de dibujo gris y la camisa que ya había separado.
 
De repente cayó en la cuenta de que todas aquellas prendas no eran sino intermediarias entre Maya y él, que de algún modo iban a captar su atención durante un tiempo y que quizás, el color y el aspecto de la corbata iban a atraer su vista más que sus propios ojos. Y no le pareció bien.
 
Volvió a colocar todo en el armario. Era la ropa con la que solía vestirse básicamente cada día. Lo encerraba en un esquema formalmente correcto y lo protegía de la intrusión de los demás en el ambiente de su trabajo.
 
Y no, no quería que esto ocurriera con Maya.
No quería protección.
No quería ocultarse tras un aspecto de diseño.
No quería que la primera mirada de aquella tarde se quedara prendida de su corbata.
 
Desnudo, así quería aparecer, pero ¿cómo?
 
Se dio cuenta que no era difícil. Se vistió con unos pantalones vaqueros y una camisa azul clara y se encaminó al lugar de la cita.
 
Habían elegido para volver a verse el mismo lugar donde se conocieron. Mientras se acercaba al pub se vio reflejado en los cristales oscuros y sí, se vio desnudo, vestido de forma anodina, no resaltaba nada de lo que llevaba encima, ni siquiera se había puesto el reloj. Iba desnudo, lo más desnudo que se podía ir.
 
Entró y, sin pensarlo mucho, se sentó en el mismo sitio donde charlaron aquella primera tarde, y esperó... Había vaciado la copa de cerveza en parte cuando Maya apareció en la puerta.
 
El contraluz de su figura resultaba ya en sí mismo muy atractivo, casi espectacular. Los pantalones que se ceñían, cortos y afinados en sus pantorrillas, remarcaban las caderas redondeadas y bien proporcionadas. El top ajustado y sin mangas producían un efecto más contundente aún que lo pantalones y el pelo largo, recogido atrás en un moño suelto, brillaba al contraluz como una aureola.
 
Maya también venía desnuda, pero con una desnudez ceñida, insinuante hasta el extremo, que en su fisonomía la hacía casi provocadora.
 
Miró… sus sandalias delicadas iniciaron unos pasos y cuando salió del contraluz, el Viajero percibió claramente una sonrisa amplia y unos ojos que brillaban.
 
Su paso era tan rítmico que parecía que el universo había concentrado en ella su propio movimiento. En unas pocas zancadas decididas se situó frente a él que la esperaba de pie, como alucinado.
 
Aún inmóvil sintió como sus mejillas rozaban las suyas por dos veces y como sus labios, cálidos, posaban dos besos suaves en ellas.
 
“Hola”, dijo, esperando que él dijera algo.
 
Pero no. El Viajero no decía nada. Aun la miraba con devoción intensa, por lo que ella tuvo que insistir en su saludo. Aquel segundo “hola” lo trajo al momento del pub del momento en el paraíso.
 
¡Hola!, contestó, siéntate, por favor, le dijo. La mirada de Maya fue subiendo y se deslizo hasta sus ojos. El Viajero se sintió a merced de la feminidad que emitía, de su sonrisa amplia, de sus curvas resaltadas, de su pelo casi revuelto prendido en su cabeza, de su mirada que todo lo resumía.
 
Y todo lo demás fue diferente.
 
No importaban mucho los temas que fueron saliendo, ni que se contasen más o menos como eran sus vidas, ni los gustos preferidos por cada uno. Ya no importaba mucho.
 
Lo importante fue que entre los dos se estableció una atracción especial. Cada gesto, cada palabra, cada roce de las pieles, cada cambio de postura hablaba de Maya y la iba adentrando cada vez más en el corazón del Viajero.
 
Los minutos pasaron sin sentir. La hora de la despedida se hizo presente. Maya se despidió con un beso sutil esta vez en sus labios mientras lo envolvía en un abrazo cálido que al Viajero le pareció lleno de promesas.
 
Andando hacia la puerta, sus pasos hacían redondo el espacio. Todo oscilaba al ritmo de sus caderas resaltadas por el cinturón bajo. Dentro de la armonía de su movimiento, se volvió, le dedicó una última mirada, giró sobre la jamba de la puerta y desapareció.
 
El Viajero se dejó caer en el asiento. Aún olía el entorno a su aroma.
 
Perdido en la estela de Maya.
Prendido de su cinturón bajo.
Inmerso en una tormenta de sensaciones…
Y se sintió hechizado por aquella mujer.
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