Aquella
tarde, por fin, había quedado con Maya. El Viajero se acercó a su armario para
elegir que se quería poner. Manejó algunas posibilidades y combinaciones
clásicas, trajes o chaquetas. Miraba las corbatas que tenía mientras pensaba
cuál de ellas podría causar una mejor impresión y cuál combinaba bien con la chaqueta
de dibujo gris y la camisa que ya había separado.
De
repente cayó en la cuenta de que todas aquellas prendas no eran sino
intermediarias entre Maya y él, que de algún modo iban a captar su atención
durante un tiempo y que quizás, el color y el aspecto de la corbata iban a
atraer su vista más que sus propios ojos. Y no le pareció bien.
Volvió
a colocar todo en el armario. Era la ropa con la que solía vestirse básicamente
cada día. Lo encerraba en un esquema formalmente correcto y lo protegía de la
intrusión de los demás en el ambiente de su trabajo.
Y
no, no quería que esto ocurriera con Maya.
No
quería protección.
No
quería ocultarse tras un aspecto de diseño.
No
quería que la primera mirada de aquella tarde se quedara prendida de su
corbata.
Desnudo,
así quería aparecer, pero ¿cómo?
Se
dio cuenta que no era difícil. Se vistió con unos pantalones vaqueros y una
camisa azul clara y se encaminó al lugar de la cita.
Habían
elegido para volver a verse el mismo lugar donde se conocieron. Mientras se acercaba
al pub se vio reflejado en los cristales oscuros y sí, se vio desnudo, vestido
de forma anodina, no resaltaba nada de lo que llevaba encima, ni siquiera se
había puesto el reloj. Iba desnudo, lo más desnudo que se podía ir.
Entró
y, sin pensarlo mucho, se sentó en el mismo sitio donde charlaron aquella
primera tarde, y esperó... Había
vaciado la copa de cerveza en parte cuando Maya apareció en la puerta.
El
contraluz de su figura resultaba ya en sí mismo muy atractivo, casi
espectacular. Los pantalones que se ceñían, cortos y afinados en sus
pantorrillas, remarcaban las caderas redondeadas y bien proporcionadas. El top
ajustado y sin mangas producían un efecto más contundente aún que lo pantalones
y el pelo largo, recogido atrás en un moño suelto, brillaba al contraluz como
una aureola.
Maya
también venía desnuda, pero con una desnudez ceñida, insinuante hasta el
extremo, que en su fisonomía la hacía casi provocadora.
Miró…
sus sandalias delicadas iniciaron unos pasos y cuando salió del contraluz, el Viajero
percibió claramente una sonrisa amplia y unos ojos que brillaban.
Su
paso era tan rítmico que parecía que el universo había concentrado en ella su
propio movimiento. En unas pocas zancadas decididas se situó frente a él que la
esperaba de pie, como alucinado.
Aún
inmóvil sintió como sus mejillas rozaban las suyas por dos veces y como sus
labios, cálidos, posaban dos besos suaves en ellas.
“Hola”,
dijo, esperando que él dijera algo.
Pero
no. El Viajero no decía nada. Aun la miraba con devoción intensa, por lo que
ella tuvo que insistir en su saludo. Aquel segundo “hola” lo trajo al momento
del pub del momento en el paraíso.
¡Hola!,
contestó, siéntate, por favor, le dijo. La mirada de Maya fue subiendo y se
deslizo hasta sus ojos. El Viajero se sintió a merced de la feminidad que
emitía, de su sonrisa amplia, de sus curvas resaltadas, de su pelo casi
revuelto prendido en su cabeza, de su mirada que todo lo resumía.
Y
todo lo demás fue diferente.
No
importaban mucho los temas que fueron saliendo, ni que se contasen más o menos
como eran sus vidas, ni los gustos preferidos por cada uno. Ya no importaba
mucho.
Lo
importante fue que entre los dos se estableció una atracción especial. Cada
gesto, cada palabra, cada roce de las pieles, cada cambio de postura hablaba de
Maya y la iba adentrando cada vez más en el corazón del Viajero.
Los
minutos pasaron sin sentir. La hora de la despedida se hizo presente. Maya se
despidió con un beso sutil esta vez en sus labios mientras lo envolvía en un
abrazo cálido que al Viajero le pareció lleno de promesas.
Andando
hacia la puerta, sus pasos hacían redondo el espacio. Todo oscilaba al ritmo de
sus caderas resaltadas por el cinturón bajo. Dentro de la armonía de su
movimiento, se volvió, le dedicó una última mirada, giró sobre la jamba de la
puerta y desapareció.
El
Viajero se dejó caer en el asiento. Aún olía el entorno a su aroma.
Perdido
en la estela de Maya.
Prendido
de su cinturón bajo.
Inmerso
en una tormenta de sensaciones…
Y
se sintió hechizado por aquella mujer.
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