Su
vista no podía apartarse de aquella mujer espléndida. Subida a unas sandalias
de tacón intermedio, sus pies y sus piernas ya denotaban una estructura física
fuerte y bien constituida. Se apoyaba en cada paso con una fuerza y seguridad
que revelaba que se sabía admirada en cada uno de sus movimientos, y los
exhibía, los ralentizaba ese escaso tiempo que hacía que ocupara todo el
espacio a su paso.
Nada
se interponía entre la puerta y su aparente destino. El Viajero previó que iba
a pasar cerca de él. Su mirada insistente no hacía mella en aquella mujer que,
seguramente, no podía responder a todas las que se centraban en su figura. Toda
ella rebosaba energía y parecía que su falda corta y su blusa abierta iban a
dejar de existir en cualquier momento y su desnudez solo iba a adornarse con su
pelo largo y moreno.
La
situación en el pequeño restaurante era tensa, ya que su presencia había
llenado por un momento todo y las conversaciones habían cesado; eran unos
instantes que, seguro, a muchos les parecían demasiado largos.
La
mujer pasó tan cerca del Viajero que logro sentir su perfume de aroma denso y
sensual. Todas aquellas sensaciones amalgamadas en ella le llevaron a recordar
aquel rato de lectura de su libro sobre la Lujuria.
Una
emoción intensa le recorría verticalmente; parecía que nacía de su asiento
y crecía hasta su garganta. Era una sensación que deseaba desembocar en un
contacto, en un abrazo, en un beso, en una unión... hasta el extremo de
perderse en ella y someterse a ese impulso sexual que lo embargaba.
Se
sentía paralizado por aquella presencia, y a la vez notaba aquella energía
interior que le impulsaba a abordar a aquella preciosa mujer.
Se
dio cuenta de que aquello que sentía pugnaba por transformarse en la fuerza de
la Lujuria. ¿Era lícito responder y ser aceptado según aquel impulso que había
crecido en él sin que él mismo se lo propusiera? ¿Aquella mujer, que seguro era
consciente de las reacciones que suscitaba, debía comportarse así? ¿Quién o qué
imponía los límites a los comportamientos de ambos?
Enseguida
se dio cuenta de que eran preguntas que no se debían responder. La vida y cada
momento es dinámico y además estaba seguro de que si se levantaba y abordaba a
aquella mujer…
Una
sonrisa recorrió su mente y apaciguó su emoción. Pensó que aquella mujer no
deseaba ser abordada, ser ceñida, ser abrazada, ser besada, no; sólo ser admirada. Expandir su impacto
sexual sin que la respuesta fuera incómoda, ni mucho menos penetrara su esfera
personal, pero sí que fuera, que existiera.
Y
efectivamente, su persona emitía esa llamada ancestral y básica a la fusión
sexual de una manera que para el Viajero resultaba excepcional.
En
ese instante entró Maya, cuando aún su mirada y su pensamiento seguían nadando
en la Lujuria ya atemperada. Se sobresaltó y por un instante se sintió como un
niño pillado “in fraganti”, pero fue un brevísimo instante. Se centró en Maya,
que con su presencia logró eclipsar de momento aquel cuerpo que caminaba hacia
una mesa que había más al fondo, donde se sentó.
Recordó
el paisaje sencillo, con sus tres franjas:
La
arena amarilla, sólida y firme.
El
mar verdoso, con su efusión de movimientos.
El
cielo azul diáfano, irradiando sereno la luz.
Era
como si la Lujuria fuera verde intenso, mientras que Maya armonizaba los tres
colores.
Estaba
preciosa, pensó. Y pensó lo importante que es la armonía en la belleza. Y lo
importante que es el equilibrio entre todas las facetas.
Y
la besó. Fue un beso suave y dulce, solo se rozaron los labios. Y al momento
sintió la calma de la serenidad.
Durante
unos instantes miró a Maya y desplazó la vista sobre la Lujuria, para volver a
Maya, que estaba expectante y sonreía, como si supiera que era lo que pasaba
por su cabeza.
Y
sintió la Lujuria fuerte y densificada, dispuesta a sostener en sí el
movimiento del mundo y su generación.
Se
preguntó cómo sería su paisaje sencillo, cómo se combinaban sus franjas.
Lo
vio y le fascinó en su desequilibrio.
Qué
difícil debía resultarle a aquella mujer portar la esencia de la Lujuria.
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