miércoles, 18 de mayo de 2016

19 - El Hilo de la Vida

El Viajero no podía apartar los ojos del hueco del monolito, donde los nombres de Dios se sucedían a una velocidad increíble. Tenía la sensación de que se expandía su ser y percibía las once direcciones, al tiempo que el sonido de los cencerros, el resonar de los corazones, se atenuaba rápidamente y el silencio absoluto lo envolvía.
 
Nadie hacía caso de su presencia; sintió que se diluía y un miedo intenso se apoderó de él.
 
Su propio interior se replegó sobre sí mismo, se refugió en los límites de su piel y en un proceso tan rápido como el anterior notó como se densificaba, a la vez que una sensación de alivio volvía.
 
Sintió los pies en el suelo, firmes, miró la tierra y se tranquilizó. El sonido de los cencerros se volvía intenso de nuevo y, ya mucho más sereno, levantó la vista hacia el monolito. Era incapaz de leer de nuevo el nombre de Dios, a pesar de que lo intentaba. Cuando dirigía al hueco la mirada no podía soportar el deslumbramiento por la luz que emitía. Bajó la vista.
 
Se dio cuenta que el monolito estaba escrito. Muchos nombres, antiguos y nuevos, todos de dios.
 
Los grupos los leían y sus corazones resonaban en frecuencias diferentes. Y los santones dirigían los grupos; sus distintos hábitos solemnes los hacían muy visibles.
 
Resonaban con fuerza sus corazones. Casi con una especie de histeria, que en el plano físico sería vociferante.
 
El Viajero contemplaba la escena y sintió una profunda tristeza, íntima, esencial.
 
Comprendió la diferencia entre la Verdad y las verdades.
 
Y lamentó haber tenido miedo.
 
Su eje interior parecía derrumbarse. Echó a correr separándose de todo aquello, huía turbado y ensordecido por el resonar de los cencerros.
 
Sintió como atravesaba una lámina sutil, invisible para él, y tropezó en algo cayendo al suelo. Cuando se recuperó de su aturdimiento, levantó la vista y se dio cuenta de que estaba en la puerta de la ermita.
 
Se sentó.
Se cogió la cabeza entre sus manos.
Y lloró.
 
Durante un largo rato permaneció ensimismado, en un estado de total ausencia. Después se levantó, se encaminó al coche trotando y volvió a casa.
 
Nervioso por lo que le había acontecido aquella mañana, se dejó caer en el sofá después de una ducha cálida y se relajó, hasta tal extremo, que cuando sonó el teléfono ya eran las 8 de la tarde.
 
Tenía el teléfono cerca y fue a responder sin saber bien en qué momento vivía. Por un instante se ilusionó...
 
"¿Dígame?"
 
Era su madre.
El teléfono inalámbrico le unía al hilo de la vida.
Lo percibió.
Claramente, lo percibió.
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