El
Viajero no podía apartar los ojos del hueco del monolito, donde los nombres de
Dios se sucedían a una velocidad increíble. Tenía la sensación de que se
expandía su ser y percibía las once direcciones, al tiempo que el sonido de los
cencerros, el resonar de los corazones, se atenuaba rápidamente y el silencio
absoluto lo envolvía.
Nadie
hacía caso de su presencia; sintió que se diluía y un miedo intenso se
apoderó de él.
Su
propio interior se replegó sobre sí mismo, se refugió en los límites de su
piel y en un proceso tan rápido como el anterior notó como se
densificaba, a la vez que una sensación de alivio volvía.
Sintió
los pies en el suelo, firmes, miró la tierra y se tranquilizó. El sonido
de los cencerros se volvía intenso de nuevo y, ya mucho más sereno,
levantó la vista hacia el monolito. Era incapaz de leer de nuevo el nombre de
Dios, a pesar de que lo intentaba. Cuando dirigía al hueco la mirada no
podía soportar el deslumbramiento por la luz que emitía. Bajó la
vista.
Se dio cuenta que el monolito estaba escrito.
Muchos nombres, antiguos y nuevos, todos de dios.
Los
grupos los leían y sus corazones resonaban en frecuencias diferentes. Y los
santones dirigían los grupos; sus distintos hábitos solemnes los hacían muy
visibles.
Resonaban con fuerza sus corazones. Casi con una especie de histeria, que en el
plano físico sería vociferante.
El
Viajero contemplaba la escena y sintió una profunda tristeza, íntima, esencial.
Comprendió la diferencia entre la Verdad y las verdades.
Y lamentó haber tenido miedo.
Su
eje interior parecía derrumbarse. Echó a correr separándose de todo aquello,
huía turbado y ensordecido por el resonar de los cencerros.
Sintió como
atravesaba una lámina sutil, invisible para él, y tropezó en algo cayendo al
suelo. Cuando se recuperó de su aturdimiento, levantó la vista y se dio cuenta
de que estaba en la puerta de la ermita.
Se
sentó.
Se
cogió la cabeza entre sus manos.
Y
lloró.
Durante
un largo rato permaneció ensimismado, en un estado de total ausencia. Después
se levantó, se encaminó al coche trotando y volvió a casa.
Nervioso
por lo que le había acontecido aquella mañana, se dejó caer en el sofá después
de una ducha cálida y se relajó, hasta tal extremo, que cuando sonó el teléfono
ya eran las 8 de la tarde.
Tenía
el teléfono cerca y fue a responder sin saber bien en qué momento vivía. Por un
instante se ilusionó...
"¿Dígame?"
Era
su madre.
El teléfono inalámbrico le unía al hilo de la vida.
Lo percibió.
Claramente,
lo percibió.
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