sábado, 14 de mayo de 2016

58 - Coltán y Tambores

El Viajero iba a ver a su madre ingresada en la clínica. El MP-3 con el volumen alto, la música descendía hasta sus pies, que se ritmaron. La pieza era de música étnica: tambores.

Sonidos de tambores extraídos por las manos, unos más graves y otros más agudos. Sonidos encadenados a un ritmo, otros a otro más rápido. Algún grito humano… expresión de la onda que  eleva.

La llegada.
El beso.
La mirada…
La lucha,
Alargada, ya alargada, intentando alcanzar los ochenta.
La habitación perfecta, limpia, casi lujosa.
Los goteros.
La cama articulada, automática.
El móvil.
La pantalla de plasma.
Cinco personas pendientes, atentas, solícitas.
Era sábado.

A los pocos minutos cayó en las manos del Viajero una revista. Un artículo.

Hablaba del “coltán”, un mineral raro e importante para la alta tecnología. Y el Congo, la guerra, las minas, el mineral, los niños… Decía el artículo: tres niños muertos de entre 7 y 10 años por cada kilo de coltán.

Niños que no desarrollarán su vida, pensó.
Vida sagrada.
Valiosa... pero en dos formas:
Barata y cara.

Y El Viajero sintió repugnancia. ¡Qué diferente valor de cada vida!
Y se sintió Hombre.

Y aquella meditación le llevó a África, a los tambores: El ritmo, los tonos, todos envueltos en la armonía de la forma... en la “pieza”.

Y entendió que la música más rudimentaria le enseña al nativo que toda realidad, por él percibida compacta, en verdad es compuesta, tiene diferentes niveles que se armonizan en la forma y entre sí.  

Y el nativo se vuelve Hombre.
Cesa la música y vuelve la calma,
Y vuelve a ser nativo:

La Oscilación.

El Viajero miró al exterior. El parque precioso, apagado en el silencio del mediodía, mostraba su armonía plena; en todos sus niveles.

Y El Viajero miró a su madre.
Reposaba…
Lloró,
Y se volvió hijo.

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