El
Viajero no salía de su estado de estupefacción. Donde antes se encontraba la ermita
blanca, estaba otra vez la piedra cúbica perfecta negra; parecía conectada al
mismo corazón de la Tierra. La colina dominaba un paisaje ahora mucho más
luminoso y el camino que descendía entre dos altos muros, conducía a un espacio
bastante amplio.
Hacia
poniente, más allá de los dos muros, se vislumbraba una muchedumbre que se
movía, se reunía, formaba grupos que se agitaban y parecía que tuvieran
conductas que respondieran a algo. De allí provenía aquel murmullo de cencerros
polifónicos en el que, a veces, predominaba algún tono sobre los otros.
El
Sol comenzaba a tomar altura por el este: iban a ser las 10. Hacia levante nada
destacaba en el paisaje, que era mucho más verde y frondoso que el que había recorrido
mientras trotaba El Viajero miraba con atención el camino que descendía
asegurándose donde desembocaba. Y sí, los dos muros se extendían hasta el
horizonte -como el camino mismo- y, como aquella otra vez, parecían
insalvables.
Volvió
su mirada hacia la muchedumbre tratando de averiguar algo más, pero no era
capaz de percibir más detalles por la distancia: gente que se movía, se
arremolinaba, se concentraba y dispersaba con aparente intención. A veces,
aquellos grupos adquirían una estructura formal, ordenada y las personas parecía
que entraban en oración.
Perplejo
por la situación en que se encontraba, el Viajero decidió hacer algo. Tenía
pocas opciones, así que caminó para descender de la colina. En pocos minutos se
encontró entre los dos muros en cuyo espacio el camino se extendía hacia
delante, dirigiéndose hacia el sur. Miró la hora y miró el Sol y sí, era como
si aquel camino bastante rectilíneo apuntara hacia el sur.
Se
acercó al muro de levante, le resultó conocido. Lo miraba. No tenía prisa ni
ansiedad. Seguía atónito pero sereno. Recordaba perfectamente aquellas horas
angustiosas cuando traspasó el muro, y no podía volver, y las siguientes cuando
se Reunificó. Y este recuerdo le llevó a la convicción de que aquellas horas lo
habían transformado hasta el punto de ser él más él mismo y percibirse con
mayor sabiduría.
Con
lentitud extendió la mano y tocó el muro. Al instante se abrió. Miró al otro
lado comprobando que era el paisaje que había visto desde la colina ¡La colina!
¿Simbolizaría algo?
Estaba
en estos pensamientos cuando atravesó el muro que se cerró tras él. Caminó por
aquel paisaje conocido; la alegría fluía desde lo más hondo de su ser. Se
sentía en casa. Sintiéndose a sí mismo, se sentía en casa.
Y
comprendió.
Comprendió su viaje hasta aquel mismo momento.
Pisó la tierra con
fuerza, reforzó su gravidez, inspiró hondo, percibió la feminidad en sí y se
envolvió con ella y tuvo la visión interior de su “paisaje sencillo”.
Y
se amó profundamente, como no se había querido nunca. Y esa sensación fue nueva para él.
Expiró,
se relajó y se sentó en una piedra grande frente al muro cerrado.
Pensó
que había logrado “salir”, volver.
Y se
sintió bien.
Triunfante.
A
los pocos minutos aquel sentimiento se esfumó. Impulsado por algo, se levantó. Se
acercó de nuevo al muro, lo tocó, se abrió y lo traspasó.
De
nuevo se situó en el camino, entre los dos muros, mirando fijamente al muro de
poniente, pensando que se encontraba en una encrucijada importante. Miró el
camino; era suave y acogedor, estaba seguro que le conduciría a un buen destino…
volvía a ofrecérsele amable.
Pero
algo le decía en su interior que tenía que pasar el siguiente muro y continuar
su viaje.
Volvió
a respirar profundamente, se aproximó al muro, lo toco y se abrió una nueva
puerta. Atisbando el interior sintió como si un lazo se le anudara al corazón.
En ese instante intuyó que iba a ser doloroso y se detuvo.
El
sonido de los cencerros se intensificaba, como si fuera un grito, una llamada.
Era inmenso, todo lo llenaba.
Y
se retiró.
En
ese momento se cerró la puerta.
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