miércoles, 18 de mayo de 2016

6 - El Despertar

La luz comenzaba a rellenar las siluetas oscuras que la Luna había mostrado durante toda la noche y se iban perfilando los detalles de un entorno que su movimiento había ido cambiando. Conforme se iba haciendo de día, las siluetas de unos edificios se recortaban contra el cielo aún grisáceo.
 
Empezaba a clarear y el Viajero seguía sentado en la misma piedra, con los ojos entornados y envuelto en sí mismo. Se sintió confuso cuando fue evidente que se encontraba en un parque. En un parque de su ciudad.
 
Se levantó, comenzó a caminar y al poco se vio inmerso en la vida de la urbe, en medio de la gente. Iban a su trabajo, pensó, y seguramente él también tendría que hacer algo semejante a lo que todas aquellas personas debían hacer aquella mañana.
 
No quería renunciar a su experiencia de los días pasados, de Viajero, pero estaba allí. Sin que sus pasos fueran muy conscientes, casi de un modo maquinal, descendió por una boca de metro como uno más, en un torrente humano, hasta un andén.
 
No se podía explicar de qué manera se había producido aquel cambio tan radical en el entorno, pero no cabía duda de que era el de siempre.
 
Al instante un ruido que le pareció esta vez ensordecedor anunció que un tren estaba entrando en la estación. La hora debía ser punta porque las personas se apiñaban en los vagones hasta un extremo que en otras circunstancias parecería impensable.
 
Estaba rodeado de hombres y mujeres que la primavera había desvestido en parte. No había ancianos ni niños, observó.
 
En eso estaba cuando la inercia le advirtió que debía agarrarse a algo, y no precisamente a la persona que tenía enfrente. Buscó con la vista una barra cuando en el camino su mirada se encontró con unos ojos especiales.
 
Eran bonitos… y además eran los únicos que miraban. El Viajero se sintió encarrilado en aquella mirada, conectado a ella, y la vida saltó por aquel puente.
 
Miró a los demás.
 
La mayoría no emitían ninguna mirada. Estaban allí, pero desconectados. Algunos la entretenían en los periódicos o en un libro, que les hacía de espejo.
 
Los ojos no miraban, las pieles no registraban los roces, los oídos no oían. Ni siquiera el tenue olor de la acumulación humana lograba el despertar.
 
Percibió como cada recipiente de vida estaba aislado en sí mismo, desconectado de ese continuo vital tan hermoso, aislado, incluso en semejante proximidad.
 
Volvió a los ojos, que esperaban su retorno.
Chispeaban con una intensidad especial.
La sonrisa tímida se dibujó en sus bocas.
Y vio a la gente de dos colores.
Y en ese instante volvió la inercia.
Y la mirada desapareció entre la gente que salía.
Y volvió la inercia.
Y se asió fuerte.
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