La
luz comenzaba a rellenar las siluetas oscuras que la Luna había mostrado
durante toda la noche y se iban perfilando los detalles de un entorno que su movimiento
había ido cambiando. Conforme se iba haciendo de día, las siluetas de unos
edificios se recortaban contra el cielo aún grisáceo.
Empezaba
a clarear y el Viajero seguía sentado en la misma piedra, con los ojos
entornados y envuelto en sí mismo. Se sintió confuso cuando fue evidente que se
encontraba en un parque. En un parque de su ciudad.
Se levantó, comenzó a caminar y al poco se vio inmerso en la vida de la
urbe, en medio de la gente. Iban a su trabajo, pensó, y seguramente él también
tendría que hacer algo semejante a lo que todas aquellas personas debían hacer
aquella mañana.
No
quería renunciar a su experiencia de los días pasados, de Viajero, pero estaba
allí. Sin que sus pasos fueran muy conscientes, casi de un modo maquinal,
descendió por una boca de metro como uno más, en un torrente humano, hasta un
andén.
No
se podía explicar de qué manera se había producido aquel cambio tan radical en
el entorno, pero no cabía duda de que era el de siempre.
Al
instante un ruido que le pareció esta vez ensordecedor anunció que un tren
estaba entrando en la estación. La hora debía ser punta porque las personas se
apiñaban en los vagones hasta un extremo que en otras circunstancias parecería
impensable.
Estaba
rodeado de hombres y mujeres que la primavera había desvestido en parte. No
había ancianos ni niños, observó.
En
eso estaba cuando la inercia le advirtió que debía agarrarse a algo, y no
precisamente a la persona que tenía enfrente. Buscó con la vista una barra
cuando en el camino su mirada se encontró con unos ojos especiales.
Eran
bonitos… y además eran los únicos que miraban. El Viajero se sintió encarrilado
en aquella mirada, conectado a ella, y la vida saltó por aquel puente.
Miró a
los demás.
La
mayoría no emitían ninguna mirada. Estaban allí, pero desconectados. Algunos la
entretenían en los periódicos o en un libro, que les hacía de espejo.
Los
ojos no miraban, las pieles no registraban los roces, los oídos no oían. Ni
siquiera el tenue olor de la acumulación humana lograba el despertar.
Percibió
como cada recipiente de vida estaba aislado en sí mismo, desconectado de ese
continuo vital tan hermoso, aislado, incluso en semejante proximidad.
Volvió
a los ojos, que esperaban su retorno.
Chispeaban
con una intensidad especial.
La
sonrisa tímida se dibujó en sus bocas.
Y
vio a la gente de dos colores.
Y
en ese instante volvió la inercia.
Y
la mirada desapareció entre la gente que salía.
Y
volvió la inercia.
Y
se asió fuerte.
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