Venía…
La
sensación en su piel curtida era la de una mañana fresca. La luz del día
descendía sobre el paisaje que se ofrecía a su mirada. Sus pies desnudos
hollaban la tierra del camino en cada paso. La fragancia que emanaba de la
verdura húmeda, lo envolvía.
Caminaba
absorto en sus pensamientos, en sí, y nada de lo que lo rodeaba se le había
hecho presente:
Ni
la frescura del aire,
Ni
la luz temprana,
Ni
la tierra del camino,
Ni
la fragancia húmeda.
De
repente dejó de caminar, se paró.
Se
giró mirando el camino andado, reflexionando sobre sus pasos, ¡y no recordaba
ninguno!
Se
paró. Se paró... y todo se paró.
Y
poco a poco asentó los pies y sintió la tierra.
Extendió
las manos para atrapar el aire fresco.
Inspiró
y se llenó de la fragancia húmeda.
Y
levantó la mirada para que sus ojos se llenaran de luz.