viernes, 20 de mayo de 2016

3 - El Encuentro

La mañana estaba plomiza, denso el ambiente, aromático y húmedo el aire.

Le Viajero marchaba alegre. Su decisión de abandonar el camino le resultaba gratificante en cada instante.

Vivía intensamente su libertad.

Todos sus sentidos se llenaban de mil sensaciones.
Todas las quería registrar, disfrutar.
Respiraba hondo,
Sentía el aroma de la tierra,
Y todo lo miraba inquiriendo, esperando respuestas.

Cambiaba la dirección de su marcha cada poco,
A veces, volvía...
Buscaba sus pasos que no encontraba,
Pero reconocía los lugares por los que había pasado.

Volver a lo caminado le resultaba imposible.
Pero sí le apetecía volver a los lugares visitados,
Y en ellos recordar los momentos mejores.

Al rato de iniciar su camino, divisó la silueta de una persona sentada en una de las piedras grandes que formaba parte del paisaje próximo.

Contrastaba con el cielo gris...
Su cabello flotaba en el aire.

No podía distinguir el rostro porque la persona le daba la espalda. Pero sí pudo apreciar su cintura afinada, ampliada en sus caderas que se asentaban en la piedra: Era una mujer, sin duda.

Aquel lugar... Cuanto más lo miraba más familiar se le hacía. ¿Por allí había pasado?

Se aproximó pausadamente, casi sin hacer ruido, con la intención de no romper el ensimismamiento de aquella mujer.

Su cabello seguía agitado por el viento. La nueva perspectiva le ofrecía un medio perfil que hablaba de los contornos femeninos contundentes.

Ella miraba hacia poniente. Su mirada se había fijado en la luna aun por ocultarse, plateada, grande, a poca altura sobre el horizonte.

Parecía sentirse unida a ella y su actitud era casi orante

El Viajero siguió aproximándose lentamente,  haciendo un círculo amplio. La miraba desde más cerca y ya podía apreciar su rostro, sus rasgos. Una cara en la que la belleza se componía mágicamente con la dulzura.

Cuando se situó frente a ella, cerca, y la miró detenidamente, sintió como irradiaba una fuerza sutil, básica, intensa, que poco a poco lo envolvía.

Y le hacía sentir paz.

La mujer siguió mirando la luna y con un gesto invitó al Viajero a que hiciera lo mismo. El Viajero se volvió, miró la luna y se sintió aún más abrazado por la fuerza de la bella mujer.

Y entendió que se estaba sumergiendo en la feminidad.
Sintió un impulso y se giró para mirarla. La tenía enfrente, muy próxima a él.
Y extendió sus brazos para acogerlo.
Su mente se quedó en blanco y una sensación intensa le invadía, subiendo desde la tierra.
Se fundió en un abrazo con ella.
Y el tiempo se paró.
Y se sintió fluir.

En un instante mágico habitó,
Simultáneamente,
Indistintamente,
En todas las mujeres que había conocido.
Se diluyó en la feminidad.
Y sintió el cielo.