Los sábados tenían la virtud de que el despertador no
funcionaba. El Viajero buscaba zonas frescas entre las sábanas intentando
retardar el proceso de despertar. Y vio la “gota en el estanque”.
Aquella imagen familiar, que interiorizó en la juventud y que
representaba la parábola de una idea extraña y muy importante en la asignatura
de física: La de “campo”.
La gota caía en el estanque (campo) y se producía la alteración
(ondas): Estas corrían hasta llegar al borde y rebotaban.
Esta idea lo dejo confuso. En el espacio los campos son (por lo
menos) tridimensionales, tienen sus alteraciones (las ondas). Todos vivimos en
los campos y disfrutamos de sus alteraciones. Y se preguntó:
¿A dónde van cuando se atenúan?
¿Dónde está el borde?
¿Dónde rebotan las ondas en el espacio tridimensional?
Y siguieron apareciendo preguntas sin respuesta para él. Comprendió que tenía que volver a estudiar los campos. Que era
un concepto complejo.
Pero no renunció a su imagen de la gota en el estanque. Bella.
Y quiso que su estanque fuera cristalino,
De fondo de verdín...
Y al poco era un espejo.
Prístino.
Miró y abandonó las preguntas.
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