Tumbado en
su cama el Viajero meditaba sobre algo que había leído aquella tarde. Dejó que
su imaginación volara…
Se vio en un espacio abierto, una tarde luminosa, parado entre lo verde y lo marrón, envuelto en el cromatismo del ambiente. Tuvo esa sensación de levedad. Miró hacia el cielo y engarzó la vista al vuelo de una paloma urbana, de vuelo corto.
En el cielo azul se recortó la faz de Dios, su figura humana, resplandeciente y su aspecto de serena vejez; de Padre.
Tuvo ese deseo de expandirse, de salir al mundo, de disolverse en él.
Se sentó en la cama... algo flotaba en su mente.
Fue
consciente de su mirada exterior.
Y se dio
cuenta que la mirada exterior es aprendida.
La luz, el
vuelo, el impulso a subir, la Ascensión, la montaña, la escalera… todo indicaba
subir.
Y ahí
estaba el error:
Salir, es entrar.
Subir, es
bajar al centro.
Volar, es
volverse ingrávido y ligero.
Expandirse,
es unirse al Eje.
El cielo,
es nuestro interior.
La Luz
brilla dentro…
La Inversión.
Pero todo nuestro condicionamiento, todo lo aprendido, nos indica que Dios está en los cielos… allá arriba.
Y nos induce a error.
Y queremos
salir y volar.
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