La tarde de primavera se había oscurecido. El Viajero caminaba
por la ciudad intentando situar su eje en la alineación vertical.
Llevaba puestos los cascos de su MP-3. Escuchaba música andalusí que le remitía a escenarios exóticos… como de cuentos africanos.
Recordó su África querida, por árida, limpia y abierta… extrema: el desierto.
En el desierto el Hombre Azul, el señor de la tierra.
En la tierra el hombre sabio, el Profeta, unido al presente por
el hilo invisible de la tradición.
El Profeta, sentado en el suelo.
El borde del acantilado, próximo.
La vista en el horizonte llano, hermoso y rojo.
El río en abril seco, la Saguia el Hamra.
Y comprendió que estaba en otro tiempo.
Que era la imagen de lo que fue.
Llena de significado,
Y vacía, a la vez.
El Profeta siempre ha estado en el
borde.
Aquí,
Al límite,
Abierto y culto,
Palpando e influido por lo que ya está
Aquí.
Pero pocos perciben al completo.
En el solape entre el pasado y el
futuro.
Se saben extendidos y tendidos como un
puente.
Puente por el que discurre el
presente.
El Profeta vestido de palabras.
Palabras sonoras,
Ya sin significado.
Su barba que no es reverenciada.
Sus ojos sin luz,
Iluminados por la luz intensa del desierto.
Piel oscura que emerge de un refulgente blanco.
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