Septiembre, día limpio. El mar que tanto
quería el Viajero inundaba el ambiente de sí:
Su olor,
Su rumor,
La luz azul desprendida,
El calor atemperado,
Incluso su sabor a sal.
El Viajero sentado en la arena recordaba su
concepto simple del Hombre; su paisaje sencillo.
La arena, con la apariencia sólida, física,
tangible, que nos dan los sentidos.
El mar azul, verde, oscuro, blanco, móvil y
cambiante... revuelto, que encierra una fuerza enorme, como los sentimientos.
El cielo diáfano, limpio y sereno que nos
invita a pensar, a conocer, a subir.
Por un momento se sintió especialmente
bien, sólo... en paz. Se levantó y comenzó a entrar en el mar; siempre la
notaba fría. Se zambulló, todo se volvió azul verdoso, aguantando la
respiración nadaba sumergido, como un delfín.
Todo era verde.
El tiempo suspendido, era su
sensación. Y vio:
Dos fuentes de las que manaba
un fluido transparente. En cada una había una mujer. La de la derecha
voluptuosa y extremadamente atractiva. El deseo mismo. Lo activo. La de la
izquierda recogida sobre su propio ser. Pero resplandeciente. Emanaba
feminidad. Lo pasivo.
Conforme caminaba las dos lo
miraban sin cesar.
Cuando llegó a su altura entrelazaron
la vista y en ese instante percibió otra figura femenina detrás.
Y sintió que la mujer era la
Madre.
Y las dos fuentes se nutrían de
aquella nueva.
Un niño bebía de aquella
fuente.
El Viajero se detuvo, permaneció
inmóvil...
De repente el niño se volvió.
Y le miró a los ojos.
Sus propios ojos le miraban.
Y la Madre latía conectada
a él.
Y sintió recorrer del Hilo de
la Vida.
Intentó beber...
Y la notó extremadamente
salada.
Aturdido salió al instante a
respirar con profunda agitación.
Se relajó a la vez que
respiraba. El mar lo envolvía.
La inmersión le había llevado a
su Fuente y en ella se había realizado su neutralización.
Limpio.
Sintió Amor por sí mismo.
Y la Liberación.
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