El Viajero miraba
el estanque. Recordaba lo que la Física más moderna predica de las
partículas elementales:
Todas iguales,
son iguales, idénticas.
Observó su
expresión en el espejo. Asumió que aquella imagen reflejada se componía de
pequeños ladrillos que, en ciclos cortos, iban siendo repuestos, cambiados, sin
que el conjunto pareciera cambiar.
Y miró
interiormente.
Caminó por el
hilo de la vida.
Se fue hasta
donde los recuerdos fueron capaces de llevarlo.
Y miró todos
los Viajeros que había y había habido en el Viajero.
El cambio de él
mismo en sí mismo.
Y se comprendió
en permanente construcción.
¿Y él?
¿Qué era él
sino ese puro movimiento?
¿Quién lo podía
parar?
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