Era
el 15 de mayo. La tarde amigable se había alargado en su luz, anunciando la
decadencia de la primavera. Sentado en una terraza, el Viajero tomaba un refresco
de té. Alternaba la lectura con la observación del paseo de las personas; lento
y rápido, mayores y jóvenes, de compras o que salían del trabajo… una amalgama
de momentos personales. Una riada de Vida.
De
regreso, un bar, una mirada al paso ¡gente conocida! Se paró. Aquél ambiente era ya sabido. Las
sillas y las mesas, incluso la demás gente, llegó a pensar.
Los
saludos de rigor.
El
ofrecimiento.
El
comentario sobre la charla.
Su
impresión: lo mismo…
Se
despidió y siguió su camino.
La
luna ya dominaba con su media presencia lo alto… a cinco días de su forma llena.
Lo
mismo…
Y
le vino a la mente la palabra enriquecimiento.
Quizá
era la influencia diferida de la lectura de la tarde, quizá la impresión en el
bar… de tiempo congelado, mientras discurre entre nosotros.
Igual
la suma de las dos cosas.
Las
dos ventanas...
Y la luz pasó entre las dos ventanas.
Y la vio.
Enriquecimiento.
Las
personas viven en ambientes cerrados, conocidos, frecuentados, seguros. El
intercambio de ideas se basa en el acontecimiento del día, de la prensa, del
trabajo, del momento…
Estas
mismas ideas residen, se enquistan.
Y
vuelven al circuito de las palabras.
Y
se residencian de nuevo.
Otras
veces pasan, se muestran,
Y
no dejan rastro y generan un tiempo perdido.
Casi
nunca impulsan, atraen, fascinan, emocionan o golpean.
Así
discurre la vida entre sensaciones, emociones e ideas envejecidas, sabidas, que
no aportan nada nuevo ni diferente.
En
determinadas sociedades esto es aún más elocuente, bien porque no tienen acceso
a ese fluir de ideas y viven en un mundo cristalizado y sólido, o bien porque
se prohíbe moralmente este acceso, sea en sociedades enteras, sea en grupos
extensos sujetos a rígidas normas internas, donde lo malo y lo bueno está
predeterminado, donde lo falso y lo verdadero es diáfano.
El
Viajero paró para tomar nota de todo eso.
Sin
pestañear, sin reflexionar, sin limitarse.
Y apuntó la palabra: enriquecimiento.
Y
la palabra cobró fuerza.
Vida.
Luz.
Se
expresó como una necesidad.
Y
miró el entorno… y era oscuro.
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