domingo, 15 de mayo de 2016

44 - Enriquecimiento

Era el 15 de mayo. La tarde amigable se había alargado en su luz, anunciando la decadencia de la primavera. Sentado en una terraza, el Viajero tomaba un refresco de té. Alternaba la lectura con la observación del paseo de las personas; lento y rápido, mayores y jóvenes, de compras o que salían del trabajo… una amalgama de momentos personales. Una riada de Vida.
 
De regreso, un bar, una mirada al paso ¡gente conocida!  Se paró. Aquél ambiente era ya sabido. Las sillas y las mesas, incluso la demás gente, llegó a pensar.
 
Los saludos de rigor.
El ofrecimiento.
El comentario sobre la charla.
Su impresión: lo mismo…
 
Se despidió y siguió su camino.
 
La luna ya dominaba con su media presencia lo alto… a cinco días de su forma  llena.
 
Lo mismo…
 
Y le vino a la mente la palabra enriquecimiento.
 
Quizá era la influencia diferida de la lectura de la tarde, quizá la impresión en el bar… de tiempo congelado, mientras discurre entre nosotros.
 
Igual la suma de las dos cosas.
Las dos ventanas...

Y la luz pasó entre las dos ventanas.
Y la vio.
 
Enriquecimiento.
 
Las personas viven en ambientes cerrados, conocidos, frecuentados, seguros. El intercambio de ideas se basa en el acontecimiento del día, de la prensa, del trabajo, del momento…
 
Estas mismas ideas residen, se enquistan.
Y vuelven al circuito de las palabras.
Y se residencian de nuevo.
Otras veces pasan, se muestran,
Y no dejan rastro y generan un tiempo perdido.
Casi nunca impulsan, atraen, fascinan, emocionan o golpean.
 
Así discurre la vida entre sensaciones, emociones e ideas envejecidas, sabidas, que no aportan nada nuevo ni diferente.
 
En determinadas sociedades esto es aún más elocuente, bien porque no tienen acceso a ese fluir de ideas y viven en un mundo cristalizado y sólido, o bien porque se prohíbe moralmente este acceso, sea en sociedades enteras, sea en grupos extensos sujetos a rígidas normas internas, donde lo malo y lo bueno está predeterminado, donde lo falso y lo verdadero es diáfano.
 
El Viajero paró para tomar nota de todo eso.
Sin pestañear, sin reflexionar, sin limitarse.
Y apuntó la palabra: enriquecimiento.
Y la palabra cobró fuerza.
Vida.
Luz.
Se expresó como una necesidad.
 
Y miró el entorno… y era oscuro.
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