Cielo gris, tierra salpicada de verde húmedo, cemento brillante,
luz distribuida. La mañana incipiente se mezclaba con los pasos del Viajero; el momento y el ritmo, pensó.
Miraba sin mirar. Caminaba rápido sintiendo la respiración
acompasada. Llegó a los jardines que rodeaban su casa… Buscó su piedra
preferida. La piedra casi cúbica, casi oculta entre brezos…
Y se sentó.
Notaba la energía que manaba de aquel bloque.
Y pensó que “estaba vivo” y que lo sentía.
En su mente se agruparon los tres planos,
Se hicieron conscientes,
Y los alineó.
En ese instante entendió:
La Belleza era la suma de la armonía en los tres planos. Y de
la sintonía entre ellos. Una especie de suma mágica.
Suma en la que los sumandos interiores son más difíciles de ver
que los exteriores:
La belleza formal de la apariencia física, el aspecto.
La claridad emocional, que se trasluce y produce en los otros una
emoción positiva y una atracción.
La luz de la inteligencia, especialmente la intuición, esa
capacidad de conocer "directamente", sin recurrir al razonamiento; la
chispa.
Buscó una palabra para definir esta suma mágica: “allure”
Le gustó “allure”, que en francés significa a la vez apariencia
y también estilo, elegancia, eso que no se capta sólo contemplando el exterior.
La resonancia de su alineación parecía iluminar su mente.
Y vio que en su mente se sustentaba la generación de los tres
planos.
Y vio que la Belleza no era sólo física.
Sino integral.
Allure.
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