miércoles, 18 de mayo de 2016

17 – El Monolito

El sol seguía su camino ascendente y el Viajero se había quedado paralizado ante el segundo muro. En su interior luchaba la ansiedad ante lo desconocido, el miedo, y el deseo de seguir, de entrar en aquel nuevo lugar, de descifrar qué significaba aquello que había visto y aquel sonido, a veces irritante, pero hipnotizador.
 
Haciendo acopio de valor volvió a acercarse al muro. Lo toco. Se abrió una puerta y pasó. Tras él, el muro volvió a ser cerrado y sólido, pero eso ya lo sabía, así que caminó hacia la muchedumbre.
 
Al poco se encontró entre la gente y se dio cuenta de que era una visión. Él estaba allí, entre ellos, pero ellos no percibían su presencia.
 
Lo que había creído que eran cencerros, en realidad eran los corazones. Y no emitían sonidos, sino que resonaban. Resonaban en distintos tonos y con diferente intensidad. Los corazones se orientaban y guiaban a las personas en sus movimientos. De ahí la sensación de que se dirigían, se agrupaban y se ordenaban.
 
Se situó en medio de uno de los grupos más numeroso y dirigió la vista hacia el lugar que parecía provocar las resonancias. Sobre la tierra se elevaba un Monolito gris oscuro y se fue aproximando hasta llegar al lugar.
 
Era un prisma perfecto.
Y estaba escrito.
Y se podían leer claramente los Nombres:
PACHAMAMA, KI, GUEB, COATLIQUE, GAIA, GEA...
 
Estaban escritos en una sola línea en la parte superior del monolito. Su grabado era hondo y emitía una luz tenue.
 
Conforme se acercaba vio que debajo había múltiples nombres, con diferentes trazos, algunos presentaban un aspecto ya muy antiguo. Y leyó los nombres de todas las naciones. La imagen del globo amarillento de La Tierra, de cuando era estudiante, le vino a la mente.
 
Y comprendió:
Los hombres le habían puesto nombres a la Tierra.
La habían dividido.
Se habían adueñado.
La había heredado.
 
Aquel monolito emitía una fuerte emoción.
Era una misma emisión.
Pero cada corazón había sido modulado de forma diferente.
Y así era distinta su percepción.
 
Los corazones resonaban por grupos,
Y cada grupo sentía a su manera.
Y las personas se separaban.
Algunos sentían el trance con mayor intensidad.
 
Los cencerros replicaban con más fuerza.
Y encendían la emoción.
Y guiaban los movimientos y las actitudes,
A veces desafiantes, otras incluso agresivas.
 
Y El Viajero percibió,
La fuerza del sentimiento hacia la tierra,
La tierra de cada uno.
La tierra de cada grupo.
 
Y la Tierra de todos, la nave de todos,
Era ignorada.
 
Se dio cuenta: no era una visión,
¡Es que no hablaban!
Las palabras estaban en otro plano.
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