El
sol seguía su camino ascendente y el Viajero se había quedado paralizado ante
el segundo muro. En su interior luchaba la ansiedad ante lo desconocido, el
miedo, y el deseo de seguir, de entrar en aquel nuevo lugar, de descifrar qué
significaba aquello que había visto y aquel sonido, a veces irritante, pero
hipnotizador.
Haciendo
acopio de valor volvió a acercarse al muro. Lo toco. Se abrió una puerta y
pasó. Tras él, el muro volvió a ser cerrado y sólido, pero eso ya lo sabía, así
que caminó hacia la muchedumbre.
Al
poco se encontró entre la gente y se dio cuenta de que era una visión. Él
estaba allí, entre ellos, pero ellos no percibían su presencia.
Lo
que había creído que eran cencerros, en realidad eran los corazones. Y no emitían
sonidos, sino que resonaban. Resonaban en distintos tonos y con diferente
intensidad. Los corazones se orientaban y guiaban a las personas en sus
movimientos. De ahí la sensación de que se dirigían, se agrupaban y se
ordenaban.
Se
situó en medio de uno de los grupos más numeroso y dirigió la vista hacia el
lugar que parecía provocar las resonancias. Sobre la tierra se elevaba un Monolito
gris oscuro y se fue aproximando hasta llegar al lugar.
Era
un prisma perfecto.
Y
estaba escrito.
Y
se podían leer claramente los Nombres:
PACHAMAMA,
KI, GUEB, COATLIQUE, GAIA, GEA...
Estaban
escritos en una sola línea en la parte superior del monolito. Su grabado era
hondo y emitía una luz tenue.
Conforme
se acercaba vio que debajo había múltiples nombres, con diferentes trazos,
algunos presentaban un aspecto ya muy antiguo. Y leyó los nombres de todas las
naciones. La imagen del globo amarillento de La Tierra, de cuando era
estudiante, le vino a la mente.
Y
comprendió:
Los
hombres le habían puesto nombres a la Tierra.
La
habían dividido.
Se
habían adueñado.
La
había heredado.
Aquel
monolito emitía una fuerte emoción.
Era
una misma emisión.
Pero
cada corazón había sido modulado de forma diferente.
Y
así era distinta su percepción.
Los
corazones resonaban por grupos,
Y
cada grupo sentía a su manera.
Y
las personas se separaban.
Algunos
sentían el trance con mayor intensidad.
Los
cencerros replicaban con más fuerza.
Y
encendían la emoción.
Y
guiaban los movimientos y las actitudes,
A
veces desafiantes, otras incluso agresivas.
Y
El Viajero percibió,
La
fuerza del sentimiento hacia la tierra,
La
tierra de cada uno.
La
tierra de cada grupo.
Y
la Tierra de todos, la nave de todos,
Era
ignorada.
Se
dio cuenta: no era una visión,
¡Es que no
hablaban!
Las
palabras estaban en otro plano.
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