El Viajero volvió la vista a la pared que cerraba la última sala. La composición de frescos se basaba en los grandes profetas y guías espirituales. Cada uno vestido y envuelto en sus atributos propios, por los que son reconocidos. Identificó a Buda, a Mahoma, a Moisés, a Jesucristo, a Zoroastro… Había alguno más pero no sabía quiénes podían ser. Estaban como en una primera línea, alta, destacada.
En una segunda línea, en el fresco del muro, figuraban lo que identificó como discípulos o seguidores. También iban revestidos de atributos inferiores y sus miradas estaban dirigidas a sus Maestros respectivos. Observó que casi todos eran hombres.
En una tercera y cuarta línea se representaban otros grupos más numerosos, más apiñados, de personas, hombres y mujeres, que alzaban sus brazos como en alabanza y admiración o se recogían en actitudes de respeto.
Unos rayos luminosos se desprendían de cada uno de los Maestros y alcanzaban a todos los seguidores de cada uno, en todos los niveles.
Bajo la mirada insistente de los tres “monjes”, que custodiaban la puerta sobre la que se colgaba el velo tenue de luz violeta, el Viajero vio que había comprendido el significado de aquello que observaba.
En ese momento los monjes se apartaron, dejando el paso libre.
El Viajero traspasó la puerta, sintió el baño de luz en su ser, bajó la vista observando sus propios pasos… avanzó…
Cuando pensó que estaba en el centro de la sala se paró, y miró el fresco en el muro frontal…
¡Ya no era el mismo!
Las imágenes eran diferentes.
Estaban exentas de la piedra, flotaban.
Los Maestros resplandecían con su propia Luz.
Todos ellos formaban un círculo, un Círculo de Luz.
En el segundo nivel estaban los discípulos, ya sin sus atributos.
Se bañaban en la luz que los envolvía.
Pero no brillaban.
Y a su vez, ellos no emitían.
Escuchaban a los Maestros y resplandecían.
Hablaban a los fieles y seguidores de lo que ellos escuchaban pero no les decían lo mismo.
Los Maestros insistían, trataban de aclarar las cosas. Pero los discípulos directos las transmitían tal como ellos las entendían.
Y comprendió:
Los Maestros iluminados en sí,
No podían expresar su propia experiencia.
Los discípulos directos, la vivían, la sentían,
Sabían que era algo extraordinario,
Sabían que era algo extraordinario,
Pero tampoco la podían expresar.
Para no perder las enseñanzas se afanaban en escribirlas.
Y elaboraban los libros Sagrados.
El Viajero comprendió que no era posible la Transmisión.
Miró de nuevo a la puerta. La sala intermedia ahora la veía iluminada, desnuda como antes, pero iluminada. Empezó a volver sobre sus pasos pero los monjes le cerraron el camino.
El que estaba en el centro, le miró con sus ojos claros, transparentes. Extendió sus brazos hacia delante y sus manos blancas recorrieron la silueta del Viajero. Al instante se vio revestido con la ropa talar, ligera y oscura. Tomó las manos blancas del monje y las sintió de su propia temperatura.
Avanzó a la vez que los tres monjes se retiraban a un lado. En cuanto traspasó la puerta perdió la vestidura. Siguió ligero, sintiendo, como otras veces, esa intensa alegría interior.
Salió al exterior, se perdió entre la gente y el ruido de la ciudad al mediodía.
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