martes, 17 de mayo de 2016

28 - La Transmisión

La luz del mediodía tenía una tonalidad especial. El Viajero había decidido no acudir al comedor de la empresa en la que trabajaba y optó por dar un paseo. Su lugar de trabajo estaba situado en una buena zona de la ciudad y estaba seguro de que aún le quedaban muchas cosas por ver.
 
Tomó una ligera cartera de cuero de camello, un libro que estaba leyendo sobre las emociones, su libreta de notas y las gafas de sol.
 
Disfrutaba de su paseo, procurando elegir las aceras soleadas y saltando de sombra en sombra de los árboles.
 
Al pasar por una fachada antigua le llamó la atención un gran portalón. Se detuvo y leyó lo que ponía en el frontón que había encima de la puerta. Algo le impulsaba a entrar en aquel recinto.
 
El portalón tenía una aldaba grande, antigua; el Viajero la golpeó con fuerza y esperó. La espera fue inútil, nadie ni nada dio muestras de que la puerta se fuera a abrir.
 
Se separó unos pasos y se dio cuenta de que había un timbre con una pequeña cámara de vídeo. Llamó también insistentemente. Esperó pero nada indicaba que aquella puerta se fuera a abrir.
 
Se sentó un momento en los escalones que tenía delante, se quedó absorto pensando qué hacía allí, delante de aquella puerta.
 
Sintió un impulso y se levantó.
Tocó suavemente con sus nudillos:
La puerta se abrió.
 
Daba paso a un espacio rectangular al aire libre con una fuente baja en el centro y árboles. En el suelo, se marcaban diferentes caminos en piedra, como dibujando un laberinto. A ambos lados un pequeño porche amparaba un deambulatorio al que accedían puertas. Serían celdas, pensó.
 
De todo lo que se le presentaba le llamó la atención la puerta que había al fondo, en un muro, que aparentaba dar ya a una nave interior.
 
Se aproximó, la empujo y giró silenciosamente. Entró en aquella sala relativamente larga que no tenía ninguna ventana al exterior y donde la penumbra no dejaba ver bien sus dimensiones ni lo que contenía.
 
Al cabo de unos minutos, sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad y vio que la sala era toda de piedra y estaba totalmente desnuda. No había nada en ella. Sólo destacaba una tercera puerta en el fondo que parecía que se cerraba con una tenue cortina violeta.
 
El Viajero se aproximó a ella: no era un velo. Era como una cascada de luz que producía ese efecto de velo muy ligero. Se detuvo un instante, dudó… Y no pasó.
 
Miró a través de la luz y vio a tres personas vestidas con ropa sencilla y ligera, pero talar. La del centro parecía una mujer y los otros dos hombres, pero no se distinguían bien, porque se cubrían con una capucha.
 
El Viajero vio el fondo de la sala, iluminada tenuemente, lleno de figuras dispuestas de forma rara y fácilmente identificó algunos de aquellos frescos que presidían el recinto por los símbolos que les adornaban.
 
Miró hacia atrás... distinguía la misma luminosidad del mediodía que intentaba llenar la sala oscura, sin conseguirlo. Todo se paró por unos instantes...
 
Tuvo la profunda sensación de que el tiempo se congelaba.
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