El Viajero entró en su casa apresuradamente. Se
quitó la ropa de abrigo y se puso una camiseta blanca. Al paso había encendido
su PC. La tarde estaba muy avanzada.
Tenía que trabajar
pero su cabeza le daba vueltas. Se puso a escribir, ahora, el instante era este,
y recordó:
El mediodía
precioso.
Al fondo la sierra
gris y blanca.
La pasarela encima
de la autopista.
Los coches rápidos,
por los tres carriles, conformaban un verdadero flujo en el que cada uno y cada
conductor formaba parte de ese todo.
La velocidad del
flujo era alta y la mente del Viajero se sentía conectada sutilmente con cada
una de las cabezas que pasaban y configuraban esa corriente; todas atentas, todas
en sintonía, todas armonizadas en sus decisiones… como si existiera una mente del
flujo, una mente común de la corriente.
Cualquier fallo
tonto, minúsculo, de cualquiera de aquellas cabezas –miles- produciría una
catástrofe.
Y sintió la conexión
con esas personas.
Vio la
inconsciencia de pertenecer al flujo,
De estar “dentro”.
La sumisión de sus
cabezas.
Y la atención de
todos.
Y todas eran
diferentes,
Pero estaban en
sintonía.
El Viajero se
retiró del PC y pensó que la corriente de la Vida también era algo semejante a
aquello: transitamos en Sintonía con su flujo.
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