La
noche se hacía fresca y abrazaba ya todo lo que le rodeaba. Todo adquiría poco
a poco el tono plateado de la luz de la luna.
El
Viajero respiraba agitado, se sentía agobiado al intuir que debía afrontar una
situación nueva y desconocida.
Su
piel se volvía sensible al viento y él mismo se humedecía los labios para
paliar su sequedad. Se sentía cerrado, perdido. ¿Cómo había caído en la
tentación de pasar el muro? ¿Por qué se había dejado arrastrar por la
curiosidad? ¿Qué le había atraído cuando atisbó el otro lado?
Todas
esas preguntas y otras más bullían en su cabeza, mientras caminaba sin rumbo.
No reparaba en las cosas que lo rodeaban ni apreciaba su nuevo aspecto,
sutilmente diferente. Nada era capaz de sacarlo de la tormenta de sus
pensamientos.
Agotado
por las horas de camino y por la tensión decidió buscar un lugar para descansar.
Levanto la vista, hasta entonces fija en el suelo, y a pocos pasos vio un sitio.
Se acercó hasta allí, se acomodó, procuró relajarse y a los pocos minutos el
sueño logro adueñarse de él.
A medianoche se despertó sobresaltado, seguía inquieto, sudaba… Se preguntó qué
era lo que le estaba pasando. Se propuso serenarse, asumir la situación e
intentar encontrar una solución. Quizás aquel cambio iba a ser para bien. Se
animó con esta idea y se dispuso a volver al sueño… cuando recordó que había
soñado algo extraño. Hizo un esfuerzo y lo reconstruyó. ¿Qué era aquello?
El
sueño:
Andaba,
y al levantar la vista vio a tres personas a unos pasos, frente a él. Tenían un
aspecto extraordinario envueltos por la luminosidad del sol.
El
sol se nubló mientras el Viajero comenzó a acercarse, y en ese instante uno de
ellos corrió en sentido opuesta, alejándose.
Se
aproximó a los otros dos con la misma actitud amable. Pensó que quizás podían
ayudarle. Quería saber dónde estaba. Tras saludarlos, preguntó a uno de ellos
por el nombre de aquel sitio.
La
persona le miró sombríamente, parecía asustado. En el fondo de sus ojos el Viajero
vio desasosiego y miedo. La persona eludió su mirada, se replegó en sí y no
contestó.
Se
retiró unos pasos y se dirigió a la tercera persona, inquiriéndole, pero
parecía ido, sumido en sus pensamientos y, a pesar de insistir en la pregunta,
no le atendía.
Tomó
una cierta distancia y se sentó. Lleno de compasión sintió un profundo amor
hacia los tres. Fluía con gran intensidad. Vio que las tres personas volvían a
reunirse como si notaran su fuerza. Se dio cuenta de que lo miraban.
Percibió
la armonía entre los tres. De nuevo lucían. Se aproximaron, llegaron hasta él y
le abrazaron.
Sintió
la fusión de los cuatro cuerpos y una fuerza especial lo llenó. Conforme
revivía el sueño y todas sus sensaciones, acopiaba toda la energía.
Se
sentó en la Tierra verdecida.
Se
Unificó.
Y
se sintió Nuevo.
Y
se abrió.
Y
esperó el orto.
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