La
tarde de febrero era luminosa, el cielo casi diáfano y la temperatura agradable.
Y el sol aún se sostenía por encima del horizonte. El
Viajero caminaba rápido, al ritmo de la música de su mp-3. Entró.
El
ascensor lo dejó en un piso alto.
El
pasillo era estrecho y largo.
Al
fondo una ventana orientada al este.
La
moqueta nueva de color marrón oscuro.
El
calor de la calefacción enrarecía el ambiente.
Lo
resecaba.
Los
plafones redondos aportaban una luz repartida.
El
Viajero miró hacia el fondo. Dos siluetas de mujer se recortaban contra la
ventana. Y se alejaban.
Una
con aspecto robusto, ayudaba a caminar a la otra deformada.
"No
sé dónde estoy” decía.
“En
el baile” contestaba.
A los pocos pasos repetía...
“No
sé dónde estoy”.
“Damos
la vuelta” le contestaba.
Se
aproximaban de frente,
A
contraluz.
Al
llegar a la altura del Viajero la robusta apartó a la señora. La luz
del techo iluminó tenuemente su cara: “No sé dónde estoy”… decía.
Y
siguieron recorriendo el pasillo. Otra vuelta.
El
Viajero miró por la ventana.
La
luz de la tarde se enfriaba fuera.
Y
su corazón se helaba.
La
Vida ya había pasado por aquél pasillo.
Pero aún residía.
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