Caía aquella tarde
de noviembre e impresionado por la vivencia que había tenido desde la pasarela,
sobre la autopista, el Viajero regresaba rápidamente ya inmerso, él mismo, en
el flujo.
De nuevo en la
ciudad, caminaba y sentía la soledad en el cuasi desierto urbano. Una soledad
que invitaba a quedarse con uno mismo.
Se paró en una
glorieta. Su monumento central hablaba del siglo XIX. Lo identificó con la
historia de España.
Y sintió la
conexión con el lugar.
Y la conexión con
otros.
De ahora,
Y de antes.
Con muchos.
Multitud.
Y descubrió en él,
enlazados,
Innumerables Hilos
de Gúlliver.
Y se sintió un capullo
de hilos de seda;
En una tela densa,
En una red sin
orden,
Donde la energía
mental fluía,
Como si se tratara
de un cerebro enorme.
De nuevo la mente
común, trabada en la maraña de hilos.
El
capullo de seda que envolvía el yo, lo convertía en parte, parte de aquel todo
parcial.
Envolvía
su luz, y no le permitía mostrarse… ¡Brillante!
Alzó la vista.
Alzó la vista.
La ciudad conocida,
El ruido
acostumbrado,
La música repetida,
El frío del otoño
apartado de la piel…
Todo lo envolvía,
Y lo encerraba en aquel
lugar seguro.
El Viajero
comprendió:
Que era humano
asumirse capullo,
Acomodarse.
Y que lucir Brillante
era de titanes.
Y sintió cálida la
conexión,
La tela extensa,
sin tiempo.
Vibrando en el
Ahora.
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