El
Viajero entró en su casa. Se sentía excitado y no lograba relajarse. Había una
cosa que le preocupaba. ¿Cómo había ido a parar desde su cama al parque?
Por
un momento llegó a pensar que se había “trasladado” no sabía bien de qué
manera, pero enseguida entró en funcionamiento su razón que le decía que eso
era imposible.
Sabía
que las leyes físicas no se pueden saltar, no se pueden soslayar. Estamos
sujetos a ellas, así que trató de encontrarle una explicación.
Acudió
a la pequeña enciclopedia médica que tenía en la estantería e intento averiguar
lo que podía haber ocurrido. Entró en “sueño”, luego en “enfermedades del
sueño”, y se encaminó por el “sonambulismo”. Le pareció que aquello podía
responder a lo que físicamente le había pasado: cayó en un sueño profundo, se
levantó, cogió las llaves y salió de casa al parque. Supuso que allí algo lo
despertó.
Se
sentía de nuevo calmado y cansado y sintió cómo se dormía.
De
aquellas horas de sueño no tenía ningún recuerdo. Como casi siempre no sabía si
había soñado o no. Nada, había dormido plácidamente y se sentía repuesto. Era
más de la una.
Se
puso una camisa blanca, amplia, de lino y unos pantalones vaqueros, azules, los
pies descalzos y se sentó al lado del ventanal que daba al parque, por donde
entraba buena parte de la luz que hacía tan luminosa la amplia habitación. Tomó
un libro de los que había por encima de la mesa, uno de esos que siempre tenía
a medio leer y poco a poco fue sumergiéndose en él.
Trataba
sobre la lujuria, parecía un libro interesante que lo mantenía enfrascado en
sus consideraciones.
La
lujuria, incluso el nombre suena como un reproche y a la vez como una
invitación sutil a entrar en sus dominios. ¿Quién había definido los dominios
de la lujuria?
El
Viajero se puso a recordar los Siete Pecados Capitales; le llamó la atención el
que fueran siete, por ser este número tan simbólico. No hubieran podido ser
cinco u ocho, no, tenían que ser siete. Los repasó: Soberbia, Pereza, Ira, Avaricia,
Envidia, Lujuria y Gula. Ninguno le pareció tan importante como la Lujuria, salvo
quizás la fuente de todos ellos, la Soberbia.
De
repente recordó! ¡Había quedado con Maya para comer juntos! Todo él se puso en
movimiento. Ya volvería a retomar el tema de los pecados capitales, pensó.
Era
una comida informal, así que se calzó unos zapatos frescos, cogió el móvil, el
dinero, y se dispuso a salir.
Comenzó
a caminar a lo largo de una avenida. El restaurante estaba cerca y en unos
cuantos minutos llegó hasta el cruce que le llevaría a la acera de enfrente,
donde había reservado una mesa para tomar el menú.
El
semáforo estaba rojo, y se paró. Se fijó en el rótulo del restaurante, a
escasos 20 metros, se llamaba “El Cocodrilo”. Fijó su vista en esa palabra de
color naranja fuerte.
Los
coches pasaban en los dos sentidos. Cortaban su mirada una y otra vez. Distintos
colores en los dos sentidos. Pero el Viajero no la apartaba de aquel letrero. Estaba
como ido, aunque los veía. Seguían pasando los coches. Y el Viajero mantenía su
mirada inmóvil.
En
un instante, dejaron de pasar coches. Se hizo el silencio. Semáforo verde.
El
Viajero se vio en los cristales del restaurante.
Brillaba
su camisa blanca de lino.
Y
su cara aparecía iluminada.
Y
su mirada provenía de dentro.
El
paso estaba abierto.
Se
miró mientras cruzaba y otra vez sonrió.
Pisó
la acera del restaurante, con fuerza, con intención. Al momento volvió el
sonido y vio reflejado en el cristal cómo pasaban los coches en los dos
sentidos.
Había
tiempo. Entró, preguntó y se sentó en la mesa esperando a Maya.
Pero
antes entró la Lujuria.
---