miércoles, 18 de mayo de 2016

15 - Cencerros

Amanecía, era domingo y la mañana se tornaba de oscura a gris empujada por la luz cálida. El Viajero había madrugado y se entretenía leyendo algunas páginas de aquellas que llenó una noche con los trazos más intensos de su vida.
 
Se levantó porque recordó que guardaba una carpeta con papeles y cosas suyas. Empezó a buscarla; hacía mucho tiempo que no la había visto. Entre las múltiples carpetas y papeles no iba a ser fácil encontrarla pero se ilusionó con la idea de volver a leer cosas escritas tantos años atrás. Al final halló la dichosa carpeta marrón, de aquellas con gomas. Volvió a la mesa y la abrió.
 
Comenzó a ojear los papeles. A los pocos minutos se dio cuenta que destilaban una profunda inquietud, un desasosiego, cuando se referían a su futuro: el horizonte de aquellas inquietudes de juventud, aquel futuro, ya había sido superado y la inquietud básica no había desaparecido. Por el contrario, otras nuevas, con nueva forma, con diferente enfoque, ocupaban su ánimo.
 
Revisándolos, pensó que había estado cerca de dar con las claves en sus reflexiones, en sus preguntas,
que estaban ahí, pero que no debió ser el momento para que precipitaran, para que la reacción de los diferentes componentes de aquella mezcla diera una nueva substancia. Había confusión, y sin embargo, las intuiciones estaban bien dirigidas.
 
Se sintió tenso entre su pasado y el ahora. Se levantó. En aquellos momentos condensaba su trayectoria personal, meditaba, mirando por el ventanal la mañana grisácea de aquel final del verano, intentando encajar el puzle de su vida.
 
Maquinalmente encendió el televisor las “noticias” saltaban en la CNN de un tema a otro. Daba igual una inundación que anegaba una amplia zona de Indonesia, los enfrentamientos en Oriente Medio, los cayucos repletos de personas del África negra y profunda, el coche bomba en la mezquita de una ciudad iraquí; el televisor seguía dando noticias.
 
Al final, el resultado era el mismo: la gente se moría. La muerte que se adelantaba a su momento en cada uno de aquellos casos; a veces se esperaba, otras sorprendía, a veces se buscaba.
 
Enfadado por aquella mala sensación, de mal humor, el Viajero se dispuso a hacer su ejercicio físico, su gym, la llamaba él. Se cambió, cogió las llaves del coche y en pocos minutos se encontraba trotando por un paraje abierto, no urbano, reseco por el verano, adornado por las matas, algún que otro árbol y los pequeños remolinos de polvo que levantaba un ligero viento.
 
A los pocos minutos sólo oía su propia respiración y el pisar de sus zapatillas en cada breve zancada…
 
Su mente se sintió en reposo.
 
Se dirigía a un lugar al que hacía años que no volvía y que sus papeles le habían traído a la memoria. Era una ermita a la que tenía que llegar subiendo una cuesta larga y un tanto empinada. Pensó que ya no estaba para aquellos “trotes”, que ya no eran aquellos años, pero conforme subía, envuelto por la doble sensación de la frescura de la mañana y del calor del esfuerzo, se sintió pletórico; era como si flotara. Y recordó que había tenido una sensación intensa hacía años en aquel mismo lugar: una sensación de completa disolución en la tierra.
 
Jadeando por el esfuerzo y a paso más suave se aproximó a la ermita encalada. Se sorprendió de que estuviera abierta. La luz que entraba por la puerta sólo permitía vislumbrar su interior. Era un ambiente oscuro, además el sudor discurría por el rostro del Viajero y no le dejaba ver con claridad.
 
Entró. Franqueó la puerta.
 
Una luz potente lo cegó en ese instante. No podía ver y cerró los ojos. Sintió un fuerte mareo y se asustó. Pensó que había hecho un esfuerzo excesivo y que por eso se encontraba mal. Tanteó el suelo de la Ermita para sentarse y serenarse…
 
Y el suelo era hierba fresca.
Y escuchó un nuevo sonido.
Era un sonido de cencerros.
Sonido con muchos matices.
Pensó que se encontraba en medio de un rebaño.
 
Entreabrió los ojos y se inundaron de claridad.
Miró y se quedó atónito, paralizado.
 
El sonido de los cencerros lo envolvió y lo llenaba todo.
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