Amanecía,
era domingo y la mañana se tornaba de oscura a gris empujada por la luz cálida.
El Viajero había madrugado y se entretenía leyendo algunas páginas de aquellas
que llenó una noche con los trazos más intensos de su vida.
Se
levantó porque recordó que guardaba una carpeta con papeles y cosas suyas.
Empezó a buscarla; hacía mucho tiempo que no la había visto. Entre las
múltiples carpetas y papeles no iba a ser fácil encontrarla pero se ilusionó
con la idea de volver a leer cosas escritas tantos años atrás. Al
final halló la dichosa carpeta marrón, de aquellas con gomas. Volvió a la mesa
y la abrió.
Comenzó
a ojear los papeles. A los pocos minutos se dio cuenta que destilaban una
profunda inquietud, un desasosiego, cuando se referían a su futuro: el
horizonte de aquellas inquietudes de juventud, aquel futuro, ya había sido
superado y la inquietud básica no había desaparecido. Por el contrario, otras
nuevas, con nueva forma, con diferente enfoque, ocupaban su ánimo.
Revisándolos,
pensó que había estado cerca de dar con las claves en sus reflexiones, en sus
preguntas,
que estaban ahí, pero que no
debió ser el momento para que precipitaran, para que la reacción de los
diferentes componentes de aquella mezcla diera una nueva substancia. Había
confusión, y sin embargo, las intuiciones estaban bien dirigidas.
Se
sintió tenso entre su pasado y el ahora. Se levantó. En aquellos momentos
condensaba su trayectoria personal, meditaba, mirando por el ventanal la mañana
grisácea de aquel final del verano, intentando encajar el puzle de su vida.
Maquinalmente
encendió el televisor las “noticias” saltaban en la CNN de un tema a otro. Daba
igual una inundación que anegaba una amplia zona de Indonesia, los
enfrentamientos en Oriente Medio, los cayucos repletos de personas del África
negra y profunda, el coche bomba en la mezquita de una ciudad iraquí; el
televisor seguía dando noticias.
Al final, el resultado era el mismo: la gente
se moría. La muerte que se adelantaba a su momento en cada uno de aquellos
casos; a veces se esperaba, otras sorprendía, a veces se buscaba.
Enfadado
por aquella mala sensación, de mal humor, el Viajero se dispuso a hacer su
ejercicio físico, su gym, la llamaba él. Se cambió, cogió las llaves del coche
y en pocos minutos se encontraba trotando por un paraje abierto, no urbano,
reseco por el verano, adornado por las matas, algún que otro árbol y los
pequeños remolinos de polvo que levantaba un ligero viento.
A
los pocos minutos sólo oía su propia respiración y el pisar de sus zapatillas
en cada breve zancada…
Su
mente se sintió en reposo.
Se
dirigía a un lugar al que hacía años que no volvía y que sus papeles le habían
traído a la memoria. Era una ermita a la que tenía que llegar subiendo una
cuesta larga y un tanto empinada. Pensó que ya no estaba para aquellos
“trotes”, que ya no eran aquellos años, pero conforme subía, envuelto por la
doble sensación de la frescura de la mañana y del calor del esfuerzo, se sintió
pletórico; era como si flotara. Y recordó que había tenido una sensación
intensa hacía años en aquel mismo lugar: una sensación de completa disolución
en la tierra.
Jadeando
por el esfuerzo y a paso más suave se aproximó a la ermita encalada. Se
sorprendió de que estuviera abierta. La luz que entraba por la puerta sólo
permitía vislumbrar su interior. Era un ambiente oscuro, además el sudor discurría
por el rostro del Viajero y no le dejaba ver con claridad.
Entró.
Franqueó la puerta.
Una
luz potente lo cegó en ese instante. No podía ver y cerró los ojos. Sintió un
fuerte mareo y se asustó. Pensó que había hecho un esfuerzo excesivo y que por
eso se encontraba mal. Tanteó el suelo de la Ermita para sentarse y serenarse…
Y
el suelo era hierba fresca.
Y
escuchó un nuevo sonido.
Era
un sonido de cencerros.
Sonido
con muchos matices.
Pensó
que se encontraba en medio de un rebaño.
Entreabrió
los ojos y se inundaron de claridad.
Miró y se quedó atónito, paralizado.
El
sonido de los cencerros lo envolvió y lo llenaba todo.
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