Una noche de domingo como otra cualquiera, en
principio. Que poco le gustaba al Viajero ese rato, último de la semana, puerta
de la siguiente.
Tiempo de tránsito envuelto normalmente en el
silencio de su casa, preámbulo de viaje. El ánimo del Viajero le reclamaba
un viaje interior. Un viaje lejano.
No sabía por qué, pero se sintió especialmente duro,
pensó que quizás especialmente aislado, pero se sentía mal.
Entre otras cosas, aquella noche le habían
comentado: "La vida enseña". Y aquello le hizo sentir una vibración. La
respuesta fue rápida, su intención era incisiva.
"Si la vida enseña ¿Cómo están nuestros mayores
así de desorientados?
La vida no enseña.
Arrolla.
Te tumba... y pasa.
Y tú te quedas con tus ideas, tus pensamientos, tus composiciones
de las cosas, tus...
¡Y tú te quedas!"
Decidió salir. La noche era amable, a pesar de ser
febrero, diáfana y estrellada. Caminó unos minutos por el parque al que daba su
casa. Se sentó en aquella piedra que para él había resultado mágica otras
veces.
Y esperó que se produjera el milagro de ese
viaje lejano. Lo deseaba. Cada vez se hacía más extenso en él ese deseo. Y más intenso... pero no.
Y se relajó.
Comenzó a sentir frío, un frío interior.
Miró en sí y se vio solo.
Su raíz profundizaba hasta sus primeros años.
Y su mirada al cielo le indicó que somos estrellas.
Y como en las estrellas, se apagará la luz.
La oscilación era intensa a través de su Hilo de la
Vida.
Y esta vez se sintió solo.
Sólo, solo.
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