El
Viajero disfrutaba la sensación grata de la frescura del aire en su rostro. Su
carrera lenta le permitía extenderse en el entorno a través de sus sensaciones.
Lo reconstruía en ese color que lo hacía más agradable. Sentía cómo su
organismo aceleraba su funcionamiento por la exigencia del trote.
El
sol y la luz de la primavera empujaban la vida. Se sentía su presencia y cómo
todo se regía por ese impulso. Emergía de todo ese mismo todo renovado,
reproducido...
Se
paró para completar sus ejercicios. Se arrodillo en la tierra mirando al sol.
Terminó el movimiento, lentamente, sintiendo cada parte de sí, hasta lograr una
postura cuasi fetal.
Respiraba
rítmicamente y sentía cómo el sosiego lo iba ocupando. Al esfuerzo
sucedía la tranquilidad, la paz, sin perder la conexión con el entorno.
Miró
la tierra y fluyó este pensamiento:
Queremos nombrar lo que no se puede nombrar.
Cuando lo nombramos, lo separamos.
Como lo separamos, no lo abarcamos.
No lo nombres.
No lo separes.
Es un recrecimiento de ti mismo.
Sorprendido
por estas ideas se irguió y levantó la vista al sol entre nubes. Y recordó el
Paraíso. Volvió
a la posición fetal, se relajó. Sintió una agradable sensación...
Todo
era conexión.
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